En una época donde el teléfono fijo era un bien tan preciado que podía definir el valor de una casa, un grupo de vecinos de Quequén emprendió una cruzada que parecía una utopía. Liderados por Horacio Fernández, el primer delegado municipal del lugar tras el regreso de la democracia, se enfrentaron a la burocracia de Entel y a una respuesta que resonó como una condena: “Imposible teléfono en Quequén”. Hoy, a más de 40 años de aquella gesta, Fernández rememora con orgullo la odisea que no solo instaló 1.000 líneas telefónicas, sino que también cimentó la solidaridad y el sentido de pertenencia en una comunidad que, por entonces, padecía la falta de servicios básicos.
La historia, contada por el propio protagonista, empieza en marzo de 1984, cuando el intendente Taraborelli reabrió la delegación de Quequén, un compromiso de campaña tras años de abandono. Horacio Fernández, con apenas 27 años, fue designado como el primer delegado municipal de Quequén bajo la órbita de Necochea, un dato que él mismo califica como “un orgullo”. El cargo, sin embargo, no venía sin desafíos. La Quequén de aquellos años era un territorio de calles sin pavimento, con la avenida 517 o la avenida Almirante Brown como “un adoquinado de tres metros de ancho”, donde, con el agua de las lluvias, crecía “junco”.

En ese contexto, la ausencia de un servicio telefónico era una barrera infranqueable, especialmente para el sector comercial. “Natalucci, con una farmacia nada menos, para hacer los pedidos de los laboratorios, tenía que ir a algún vecino que tuviera un teléfono si lo conseguía, o a la estación de servicio y usar el teléfono público. Era inviable”, relató Fernández, desde los estudios de NEC Radio, 98.3 del multimedios NQ, junto a Federico Cañadas. La desesperación de estos pioneros fue la chispa que encendió la movilización.
Fernández, consciente de las limitaciones del municipio para resolver un problema de alcance nacional, decidió tomar la posta. En una visita a la oficina de Entel en la ciudad, el gerente, con una “suelta de cuerpo”, les dio una noticia devastadora: “Imposible teléfonos en Quequén, no tenemos ninguna posibilidad de entregar teléfonos en Quequén, no tenemos plantel, no tenemos capacidad en la central”. Para colmo, cuando le preguntaron por una fecha estimada, la respuesta fue una patada en el estómago: “Piensen en el 2003”.
La desolación de aquel encuentro podría haber dado por terminada la historia, pero la tenacidad vecinal es un motor imparable. Fue Natalucci quien, con un contacto en la empresa Siemens, proveedora de los equipos telefónicos, abrió una puerta inesperada. En poco tiempo, se reunieron con los representantes de la firma, quienes les explicaron que era posible replicar un modelo de “plan vecinal” similar al que se estaba desarrollando en otras ciudades. El requisito: reunir 1.000 adherentes dispuestos a financiar la obra.
Así nació la comisión vecinal, con el respaldo del municipio, que declaró la iniciativa de “Interés Municipal”. Con la ayuda de los medios locales, se armó una asamblea y se lanzó la campaña de venta de líneas. “Tuvimos rápidamente, se completaron los mil adherentes”, cuenta Fernández, quien recuerda que en esa etapa “primo el concepto de solidaridad”. La gente de Quequén y Necochea se unió para pagar en 12 cuotas los equipos que permitirían instalar la central.
A pesar de los esfuerzos, la instalación total de las líneas demoró siete años, concluyendo en 1992. No obstante, el resultado fue un triunfo que se extendió más allá de las mil conexiones. “Lo bueno que quedó instalado por abajo del puente Rocha una cañería con todo un cableado para 1.600 pares en Quequén”, recuerda Fernández. Incluso se extendieron líneas a Costa Bonita y Bahía de los Vientos, en un gesto de solidaridad con los pocos vecinos que allí habitaban, “primaba el concepto de solidaridad” remarca Fernández.
Hoy, Horacio Fernández, a sus 68 años, mira hacia atrás con la satisfacción de haber sido parte de un hito que transformó la vida de su comunidad. “Fue una etapa de mucha experiencia, en lo personal y en el grupo con el que participé, fue una experiencia muy linda, y dejando para la comunidad de Necochea y Quequén una obra que era imposible de manera individual”. “Hubo gente que compró una casa porque tenía un teléfono”, reflexiona sobre el valor de aquel servicio, y añade un mensaje que resuena: “Yo creo que el vecino debe comprometerse… para lograr cosas positivas, para lograr mejorar su estándar de vida, y por eso me parece que es importante que en cada barrio haya una organización barrial, que participen, que reclamen por lo que creen que les corresponde y que no bajen los brazos, porque si no, nos ganan, los malos nos ganan a los buenos”.












