En diálogo con “Esta Mañana”, el joven basquetbolista Franco Cattini, de apenas 19 años, contó su recorrido deportivo y personal: empezó a jugar básquet a los cinco años en Necochea, pasó a Quilmes de Mar del Plata, llegó a disputar Liga Argentina, y este año integró la Selección Argentina de Básquet para Sordos, compitiendo en las Sordolimpiadas de Tokio 2020, un logro extraordinario para un deportista local.

Franco comenzó a destacarse desde muy chico. Su madre, Mariela, recordó entre risas el crecimiento repentino: “Entre los tres y los cinco años pegó un estirón terrible. Hoy mide 1,91, casi 1,92”. Su llegada a Quilmes se dio por recomendación de otra familia del básquet local y quedó en el club tras una prueba: “Fui, probé y me quedé; arranqué en U15 y después pasé a primera local y Liga Argentina”.
Pero su historia tiene un capítulo determinante: a los 9 años comenzó a perder audición por una serie de otitis consecutivas. A los 13 lo operaron para implantarle un tímpano artificial en uno de los oídos. El otro no pudo ser intervenido por la llegada de la pandemia.
Su mamá relató: “Tuvimos tres otitis en un mes. El tímpano solo se regenera hasta los cinco años, después hay que operarlo. A uno llegamos, al otro no. La pandemia nos frenó todo”.
La convocatoria a la Selección llegó por recomendación de un histórico del básquet, Eduardo Dominé, quien informó al cuerpo técnico que Franco tenía la pérdida auditiva necesaria para integrar el plantel. “Me escribieron, me pidieron estudios y ahí empezó todo. Como superaba el 55% de pérdida, quedé habilitado”, contó.
El viaje a Tokio implicó un esfuerzo monumental. La selección no cuenta con recursos y cada jugador debía cubrir entre 3.000 y 4.500 dólares para pasajes y estadía. La familia lo explicó con enorme emoción: “Se movió todo Necochea. Todos ayudaron. El puerto, Rojas, Jimena López, Huracán, el Vasco, gente de Mar del Plata, de Quilmes, de todos lados. Fue impresionante”.
Llegar al CeNARD reavivó en Mariela una historia personal profunda: “Viví siete años ahí haciendo atletismo. Volver ahora con mi hijo fue muy fuerte. Pero no es el mismo CeNARD de antes; las becas y los recursos están muy mal. Igual, la emoción fue enorme”.
En Tokio, Franco vivió una experiencia tan intensa como desafiante: “Fue complicada al principio. No uso lenguaje de señas porque nunca lo necesité. Muchos chicos eran sordos o sordomudos y no entendía nada. Aprendí palabras sueltas. Me comunicaba a través del entrenador”. También describió el juego: “Es otro básquet. No se habla. Se juega por señas. Tenés que estar muy atento a las cortinas. Pero me adapté bien”.
Argentina compitió frente a Israel, Japón y Ucrania. “Tuve buen rendimiento para ser mi primer torneo. Fue tremenda experiencia”, dijo Franco.
Hoy mira hacia adelante: “Quiero estudiar profesorado en Educación Física y después hacer los cursos de entrenador de básquet. Va todo de la mano”. Su mamá agregó: “El deporte es una escuela de vida. Te enseña sacrificio, respeto, convivencia. A él le cambió todo”.
La familia volvió a agradecer el apoyo de la comunidad: “Sin la ayuda de la gente, Franco no viajaba. Fue increíble lo que se movió Necochea”.
Ahora Franco retoma sus entrenamientos en Quilmes y se prepara para un nuevo desafío: el Mundial U21 en Polonia, previsto para mayo, con nuevas concentraciones y, otra vez, el esfuerzo colectivo para sostener un sueño.
Su historia es un ejemplo nítido de superación, disciplina, familia y comunidad, valores que hicieron posible que un chico necochense se convierta en jugador olímpico.












