Los talleres de verano para personas con discapacidad llevan ya cinco años desarrollándose en Necochea y se convirtieron en una propuesta esperada por decenas de participantes. Coordinados desde el área de Discapacidad de la Municipalidad de Necochea, los talleres nacieron con un perfil más deportivo, en el polideportivo, pero fueron mutando a partir de una necesidad concreta: mejorar el acceso y la cercanía.

Ese cambio de mirada llevó a trasladar las actividades a la Escuela de Arte, en la vieja estación de tren. La decisión no fue casual: el lugar es más accesible, está cerca de otros espacios que frecuentan los participantes y permite un abordaje mucho más integral.
Más que actividades: un espacio de encuentro
Hoy los talleres funcionan lunes, miércoles y viernes, durante enero y febrero, y reúnen entre 30 y 40 personas por día. Hay juegos, actividad física, expresión corporal, caminatas, baile y momentos de convivencia. Pero el verdadero valor aparece en lo que no siempre se ve: el encuentro, la charla, el compartir con otros.
No se trata solo de “hacer algo”, sino de tener un lugar donde encontrarse, sentirse parte y construir vínculos. Los talleres funcionan como una terapia colectiva, donde cada persona encuentra su ritmo y su espacio.
Cuidar lo público para sentirse parte
Uno de los momentos más significativos de este verano fue la intervención en el espacio público que rodea a la Escuela de Arte. En articulación con distintas áreas municipales y el vivero municipal, los participantes plantaron seis palmeras y más de veinte agapantos, embelleciendo un lugar que es transitado a diario por vecinos y vecinas.
La idea fue clara desde el inicio: que no sea solo plantar, sino generar un compromiso real. Ese espacio también se usa los fines de semana para jugar al tejo, tomar mate o simplemente estar. Ahora, quienes participaron de la plantación se sienten responsables de cuidarlo, regarlo y mantenerlo.
Embellecer el lugar no es solo una acción estética: es construir sentido de pertenencia y responsabilidad compartida. Son, de alguna manera, los padrinos de ese rincón de la ciudad.
Trabajo en red y compromiso cotidiano
Detrás de cada actividad hay un trabajo articulado entre distintas áreas: Espacio Público, el vivero municipal, Deportes y equipos de acompañamiento. Nada se hace en soledad. El compromiso se ve también en los detalles: desde preparar una actividad hasta remangarse y agarrar la pala cuando hace falta.
Trabajar la tierra, plantar y cuidar no es solo una tarea física. Es una experiencia que relaja, conecta y genera orgullo. Ver crecer una planta que uno mismo colocó en el suelo tiene un valor simbólico enorme.
Accesibilidad también en la cultura
La inclusión no se limita a los talleres. Durante el verano también se impulsaron propuestas culturales accesibles, como funciones de teatro adaptadas para personas con sensibilidades auditivas. Son espectáculos con sonido reducido, sin efectos estridentes y con libertad de movimiento.
En una de esas funciones, una nena que llegó con auriculares para anular sonidos terminó sacándoselos y participando activamente de la obra. Pequeñas escenas que confirman que cuando se piensa en todos, todos pueden participar.
Un balance positivo y una mirada a futuro
Para Gastón Boldrini, el balance es claro: los talleres funcionan, generan impacto y dejan huella. No solo en quienes participan, sino también en la comunidad que ve cómo se construye una ciudad más inclusiva desde acciones concretas.
Los talleres de verano finalizan con febrero, pero el trabajo continúa durante el año con otras propuestas y actividades. La idea es sostener y ampliar estas experiencias, entendiendo que la inclusión no es un evento aislado, sino una política cotidiana.












