Florencia Kuhn es, sin proponérselo, una figura singular dentro de un oficio históricamente asociado a los hombres. Sin embargo, para ella, la carnicería no es un trabajo más: es su casa, su herencia y su identidad. Hija de carnicero y nieta de carnicera, Flor es la tercera generación de una familia que lleva más de medio siglo detrás del mostrador.

“Me crié ahí, crecí entre cuchillos y carnes. Mi papá, mi abuela… soy hija de carnicero y nieta de carnicera”, contó. La historia familiar comenzó con su abuela quien inició el negocio elaborando chorizos y morcillas junto a su esposo. “Mi abuela es la que arranca con todo esto. Hay una fórmula que está bajo llave… las morcillas están bajo llave”, dijo entre risas, remarcando que toda la familia Ramón comparte esa receta histórica.
Flor empezó en el oficio a los 20 años, casi por impulso. “Mamá me dijo: ‘¿te animás?’ Y le metí para adelante. Arranqué un desastre, eran churrascos en vez de milanesas”, recordó. Con los años, la prolijidad se volvió parte de su sello: quienes la visitan destacan la precisión con la que corta, la calidad de sus productos y, sobre todo, su manera de atender.
“Me gusta charlar. Por ahí te despachan en todos lados, pero a mí me gusta saber qué le gusta a cada cliente”, explicó. Esa dedicación se nota: conoce preferencias, cortes favoritos y hasta caprichos de quienes la eligen desde hace décadas. También conserva una clientela heredada de su padre Alfredo. “Yo soy la extensión de papá y de mi abuela. Lo que ellos hicieron y comenzaron fueron ellos”, expresó con orgullo.
Vive arriba de la carnicería, lo que hace que su vida y el negocio estén completamente integrados. Su rutina arranca temprano, entre tareas familiares y compras. Daniel, histórico compañero de la familia, es su mano derecha. Su esposo trabaja en el campo, pero colabora en todo lo que sucede “atrás”, desde trámites hasta viajes al matadero.
Aunque es ella quien atiende al público, Flor reconoce que el equilibrio llegó cuando decidió, después de 25 años, cerrar los domingos. “Abrí durante 24 años y 8 meses todos los domingos. Este año, como era el último verano de mi hija mayor, dije: hasta acá”. Aun así, si un cliente de confianza necesita algo urgente, no duda: “Si estoy en casa, bajo en pijama”.
La carnicería, abierta en 1967, mantiene el espíritu de sus orígenes, pero con un toque moderno. Flor complementó la oferta con productos para acompañar las compras: pan rallado, bebidas, picadas, elaborados y especialidades caseras como la lengua a la vinagreta, el matambre, los chorizos secos y, claro, las famosas morcillas.
En un rubro con cada vez más competencia, Flor sostiene que la clave es simple: respeto y constancia. “El cliente es el capital. Hay que cuidarlo siempre”, afirmó. Y sobre su lugar como mujer en el mostrador, lejos de buscar estatus, lo vive con naturalidad. “No quiero sentirme única. Hay otras chicas en carnicerías, pero sí, es un rubro donde no se ve tanto”.
Lo que sí se ve es su pasión. “Es mi casa, mi lugar. Lo disfruto muchísimo”, aseguró. Y se nota: en la atención, en la calidad, en el legado que honra y en la fidelidad de quienes, generación tras generación, siguen yendo “a lo de Kuhn”.
Florencia Kuhn representa el valor del oficio, la tradición familiar y el orgullo del trabajo cotidiano, sin estridencias pero con una dedicación que trasciende el mostrador.












