Hace 30 años, Club Atlético Mataderos de Necochea escribía una de las páginas más importantes del deporte local. En 1996, el conjunto necochense se consagró campeón del Argentino B y logró el ascenso al Argentino A, en una campaña que quedó grabada para siempre en la memoria colectiva.
A tres décadas de aquella gesta, dos protagonistas clave de ese logro, Julio Portugal y Carlos Rens, repasaron lo que significó ese equipo que, con recursos limitados, se enfrentó a rivales de mayor estructura y experiencia.
Un equipo de “hombres”

Lejos de cualquier etiqueta superficial, Mataderos se caracterizó por su personalidad dentro de la cancha.
“No era un equipo que iba a pegar. Era un equipo que jugaba al fútbol y no se dejaba llevar por delante por nadie”, recordaron.
El plantel combinaba jugadores de la región con algunos refuerzos puntuales, pero sobre todo tenía una identidad clara: competir de igual a igual, sin importar el rival.
Contra todo pronóstico
La campaña llevó a Mataderos a enfrentarse con equipos prácticamente profesionales, como el de Monte Comán, en una final que quedó en la historia.
“Era David contra Goliat”, resumieron desde el cuerpo técnico.
A pesar de las diferencias, el equipo necochense nunca se sintió inferior. Incluso en contextos adversos —canchas difíciles, arbitrajes polémicos o limitaciones logísticas— logró sostener su nivel competitivo.
El valor del grupo
Más allá de lo futbolístico, el gran diferencial estuvo en lo humano.
“La elección del capitán la hicieron los jugadores. Eso generó un sentido de pertenencia enorme”, destacaron.
La disciplina, el conocimiento y el respeto por los roles fueron pilares fundamentales. El trabajo físico, adelantado para la época, permitió que el equipo estuviera a la altura en cada partido.
“Los jugadores se rendían al conocimiento. Después venía la disciplina”, explicaron.
Un logro con otro significado
Las condiciones en las que se consiguió el ascenso hacen que la hazaña tenga un valor aún mayor.
Sin grandes recursos, sin estructura profesional y con enormes dificultades organizativas, Mataderos logró lo que parecía imposible.
“No teníamos ni teléfono en el club. No sabíamos ni quiénes eran los rivales. Así y todo llegamos”, recordaron.
El recuerdo que no se borra
El momento del título quedó marcado a fuego en cada integrante del plantel.
“Primero sentís alivio. Después viene la alegría. Es el resultado de todo el trabajo”, coincidieron.
Treinta años después, aquel equipo sigue siendo referencia en el fútbol local, no solo por el resultado, sino por la forma en la que lo consiguió: con compromiso, humildad y una identidad que lo distinguió.
Porque más allá de los títulos, hay equipos que quedan en la historia. Y el Mataderos del ’96 es, sin dudas, uno de ellos.












