María Rosa Oberto Parkins, sobrina y ahijada de Raúl Oberto, recordó en una entrevista la historia de la emblemática Posada de la Bahía, el restaurante que durante décadas fue una postal de la costa quequenense. Entre recuerdos familiares, sabores, atardeceres y viejas fotografías, reconstruyó la historia de un emprendimiento nacido de la visión de un hombre que se enamoró de la costa y decidió apostar por ella cuando prácticamente no había construcciones en la zona.
Hay lugares que desaparecen físicamente, pero que de alguna manera permanecen. Quedan en las fotografías, en las historias familiares, en los recuerdos de quienes alguna vez se sentaron frente al mar y, sobre todo, en la memoria colectiva de una ciudad.
La Posada de la Bahía, ubicada en la zona de Bahía de los Vientos, es uno de esos lugares.
Así lo contó María Rosa Oberto Parkins, sobrina y ahijada de quien fuera su creador, Raúl Oberto, durante una entrevista en Esta Mañana. Con emoción, repasó aquellos años en los que el restaurante se convirtió en un verdadero ícono de la costa de Quequén.
Un restaurante en medio de la nada
María Rosa recuerda una Quequén muy diferente a la actual. Corrían los años 90 y en la zona de Bahía de los Vientos había muy pocas construcciones.
La Posada de la Bahía aparecía prácticamente como una postal aislada frente al mar. Para quienes llegaban desde Necochea rumbo a Costa Bonita, el restaurante era una referencia inevitable.
“Era el camino obligado”, recordó durante la entrevista.
La construcción tenía un particular estilo mediterráneo, inspirado en el sur de Italia y con algunas características que también recordaban a Casa Pueblo, la emblemática obra de Carlos Páez Vilaró en Uruguay.
Pero detrás de aquella construcción había una historia mucho más profunda: la de un hombre que decidió apostar por un lugar que, en aquel momento, parecía alejado de todo.
Raúl Oberto había conocido la costa de Quequén desde el mar. Se había embarcado y viajado a Europa como cocinero, experiencia que luego trasladaría a su propio proyecto gastronómico.
Durante los inviernos se iba a trabajar y durante los veranos regresaba a Quequén para abrir las puertas de la Posada.
Sabores, barcos y atardeceres
La Posada de la Bahía no era solamente un restaurante. También era una experiencia.
María Rosa recordó que durante algunas temporadas trabajó junto a su hermana y su tío. Pelaban calamares, preparaban rabas y colaboraban en cada detalle del lugar.
Entre los platos que quedaron en la memoria aparecen el lenguado al roquefort, las gambas al ajillo y el alioli, muchos de ellos inspirados en los viajes que Raúl realizaba a España.
La decoración también tenía una identidad propia. Las mesas se preparaban con flores naturales recogidas del médano, velas y elementos relacionados con el mar.
Es que Raúl era un enamorado de los barcos y de la historia marítima de Quequén. Y entonces aparecía uno de los grandes protagonistas de aquellas tardes: el paisaje.
Los atardeceres frente al mar eran un momento especial. María Rosa recordó que muchas veces dejaban de hacer lo que estaban haciendo simplemente para contemplarlos.
La visita del Gato Dumas
Entre las tantas historias que quedaron guardadas, hay una particularmente especial.
En los años 90, el Gato Dumas, reconocido referente de la gastronomía argentina, visitó la Posada de la Bahía.
Probó la comida, elogió la propuesta y dejó un cuadro con su fotografía y firma, que durante un tiempo ocupó un lugar destacado en las paredes del restaurante.
Para la familia, aquel recuerdo significó mucho más que una anécdota: era el reconocimiento de una figura de enorme importancia dentro de la cocina a un emprendimiento que había nacido prácticamente a pulmón.
De la Posada de la Bahía a Yamin
Raúl Oberto estuvo al frente de la Posada de la Bahía durante varios años. Según recordó María Rosa, aproximadamente hasta 2008.
Luego el establecimiento fue vendido y el lugar continuó su historia bajo el nombre de Yamin, manteniendo parte del espíritu que había tenido originalmente.
Con el paso del tiempo, el edificio terminó siendo demolido, una situación que generó tristeza entre quienes tenían recuerdos vinculados al lugar. Sin embargo, la familia recibió con expectativa la posibilidad de que la construcción vuelva a levantarse.
Y allí aparece otro de los deseos de María Rosa: que la historia de la Posada de la Bahía pueda ser reconocida y puesta en valor como parte del patrimonio turístico y cultural de Quequén.
“Fue el alma mater”
Para María Rosa, su tío fue mucho más que el dueño de un restaurante. Fue un visionario que vio posibilidades donde todavía había prácticamente un paisaje vacío.
“Construyó a pulmón este lugar”, recordó, explicando que con el tiempo la Posada fue creciendo, se amplió y hasta llegó a contar con un primer piso.
Raúl, además, atendía personalmente a quienes llegaban. Por eso, para la familia, el restaurante representa una parte importante de su historia.
Una Quequén muy distinta
Uno de los momentos más interesantes del relato aparece cuando María Rosa recuerda cómo era la zona durante aquellos años. Para hacer las compras, por ejemplo, caminaba hasta Las Mellizas. Las calles eran de tierra y había muy pocas viviendas.
La postal actual de Bahía de los Vientos, con sus construcciones, movimiento y visitantes, era prácticamente inexistente. “Era otro paisaje, nada que ver”, recordó.
Hoy, esa misma zona se transformó en uno de los sectores más elegidos de la costa quequenense. Es destino de turistas, familias y también de quienes disfrutan del surf y de las actividades vinculadas al mar.
Pero para quienes conocieron aquella época, todavía permanece la imagen de aquel restaurante solitario frente a la costa.
Un vínculo que nunca se rompió
Aunque actualmente María Rosa vive en Buenos Aires, mantiene una relación muy fuerte con Quequén. Tiene una casa en la localidad y regresa todos los años junto a su marido. Incluso contó que muchas veces piensa en instalarse definitivamente allí.
El vínculo familiar con el lugar es tan fuerte que, cuando falleció Raúl Oberto, la familia cumplió su deseo de esparcir sus cenizas en la escollera de Quequén. Fue una ceremonia íntima y emotiva.
De alguna manera, aquel hombre que había llegado a la costa después de enamorarse de ella desde un barco terminó descansando para siempre frente al mismo mar que había inspirado uno de sus grandes sueños.
La memoria como patrimonio
La historia de la Posada de la Bahía no es solamente la historia de un restaurante. También es el relato de una época en la que Quequén comenzaba a construir nuevas postales sobre su costa.
Por eso, la intención de recuperar fotografías, testimonios y recuerdos adquiere un significado especial.
María Rosa conserva imágenes de aquellos años, fotografías que con el paso del tiempo comenzaron a amarillearse, pero que todavía permiten reconstruir cómo era aquel rincón de Quequén.
Son pequeñas piezas de una memoria mucho más grande. Porque mientras las construcciones pueden cambiar, las historias permanecen.
Y la Posada de la Bahía, aquella construcción de estilo mediterráneo que aparecía casi solitaria frente al mar, todavía forma parte de la identidad de quienes alguna vez la conocieron.
Un lugar que fue construido a pulmón, pero que terminó construyendo también una parte de la historia de Quequén.












