Con la calidez de quien ha pasado más de medio siglo entre aromas y sabores, Alberto Salvador, un verdadero faro de la gastronomía necochense, abrió las puertas de su memoria en una charla que hilvanó trabajo duro, arraigo familiar y el pulso vibrante de una ciudad que lo vio crecer y triunfar. A sus 82 años, este hombre de Quequén, con manos curtidas por años de esfuerzo, no solo desgranó anécdotas de su legendaria cantina y su paso por el Automóvil Club, sino que también compartió la esencia de una vida construida a base de sacrificio y pasión, dialogando en Nec Radio junto a Federico Cañadas.
La charla se sumergió en los orígenes de Alberto Salvador, el hombre detrás del mito culinario. “¿Cómo es el comienzo de Alberto Salvador?”, indagó el entrevistador. La respuesta fue un viaje en el tiempo hacia una Quequén de quintas y trabajo familiar. “Y mi comienzo, si yo me pongo a hablar, ha sido siempre de trabajo, de lucha y de un hogar humilde. En aquella época nosotros teníamos una quinta en Quequén, que nos habían prestado para que la cuidáramos, y bueno, y ahí me crie en Quequén.”
Sus raíces españolas, herencia de un padre andaluz llegado en barco desde Níjar, marcaron sus primeros años en la zona rural. “Mi papá era español, él vino en barco en aquella época cuando se traía a todos los extranjeros, era andaluz del pueblo de Níjar.” La historia de sus padres, su encuentro fortuito y el traslado a Necochea por lazos familiares, pintan un cuadro de inmigración y arraigo que moldeó su destino.

La vida en la quinta de Quequén fue la escuela primaria de Alberto. “Sembrábamos cuatro o cinco mil cabezas de ajo, sembrábamos cebollines, papas, eran siete hectáreas de tierra y había que trabajar. Había que laburar.” La dureza del campo, la conexión con la tierra y el esfuerzo compartido fueron los cimientos de su ética laboral.
El salto a la gastronomía llegó de manera inesperada, a través de una italiana que compraba verduras en la quinta. “Una italiana fue a comprar verdura ahí a la quinta, tenía un restaurante, que se llamaba Hostería Génova, un restaurante que en ese tiempo era muy buen restaurante.” Su inicio fue humilde, como lavaplatos, “bien de abajo”, pero esa experiencia le brindó una visión completa del negocio. “Vengo bien de abajo, limpiando pisos, limpiando baños. Estoy muy contento de lo que hice en mi vida.”
Con orgullo, Alberto recuerda su ascenso y cómo la curiosidad lo llevó a aprender los secretos de la cocina. “Entonces un día me dijo papá, o aprendes de mozo o aprendes de cocinero. De mozo me daba vergüenza… entonces me la pasaba ahí adentro del restaurante.” Su dedicación y aprendizaje empírico lo convirtieron en un cocinero apasionado y un gerente astuto. “Y aprendí a mandar y a gerenciar un negocio. Porque yo tuve mi cantina que, gracias a Dios, ahora tiene 60 años, yo la tuve 58 años.”
“Su cantina”, un punto de encuentro emblemático en Necochea durante casi seis décadas, fue testigo de innumerables historias y sabores. “Y gracias a Dios lo mantuve siempre primero o segundo en el nivel gastronómico, y yo me sentía muy feliz.” La clave del éxito, según Alberto, residió en el trabajo constante y el apoyo familiar. “Con la ayuda de mi familia, porque ser gastronómico, vivir a contramano porque la vida en la noche se hace larga, hace que sea necesario la comprensión de la familia.”
La nostalgia afloró al recordar las noches de tertulia después del cierre, las charlas con amigos como Manolo, su socio fallecido, y las visitas al mítico Maracaibo. “Te quedás y después nos íbamos a tomar, salíamos del restaurante y nos íbamos ahí a Maracaibo, con Manolo, mi socio.”
Su visión empresarial lo llevó a expandirse, tomando la concesión del restaurante del Automóvil Club, un lugar que también se convirtió en un referente. “Trabajé 13 años en el Automóvil Club.” Recuerda con detalle la magnitud del lugar, con sus 240 carpas y la diversidad de clientes, desde turistas hasta socios locales. “Los socios del Automóvil Club, era terrible. O sea, toda la gente de Necochea venía y aparte todo el turismo. Y todos consumían ahí al mediodía, el turista venía y se quedaba, no volvía.”
El Automóvil Club no solo fue un éxito gastronómico, sino también un espacio cultural donde Alberto se animó a producir espectáculos. “Hacíamos espectáculos con cantores, gente de acá de Necochea… y espectáculos de afuera que traía durante el invierno… Entonces la traje a María Martha Serra Lima, a Aldo Monge…” Su visión trascendía la cocina, buscando ofrecer experiencias completas a sus clientes.
La trascendencia de su trayectoria se evidencia en la visita de figuras destacadas a sus restaurantes. “Sí, hasta el presidente de la nación, dos veces, lo tuve, lo voy a nombrar, a Videla y al doctor Alfonsín”.
Al recordar su infancia humilde en Quequén, la emoción embargó su voz. “Gracias a Dios, tuve muy buenos padres, muy buena educación dentro de lo que ellos podían en aquella época.” Sus palabras evocan una época de carencias materiales pero rica en valores familiares y esfuerzo.
Las lágrimas asomaron al evocar a sus padres y a los amigos que ya no están. “Yo me quisiera encontrar hoy… Que Dios hiciera un milagro… Y encontrarme primero con mi mamá y mi papá… Para darle un beso y decirle gracias… Y después, amigos que los tengo acá en el corazón… Ahí es donde se los tiene.”
Con la sabiduría de los años, Alberto compartió una lección aprendida en la infancia: la importancia de valorar el presente recordando los orígenes. “Volverle el tiempo para atrás cuando andás bajoneado… es decir, vuelvo de una manera a mi origen y me doy cuenta que estoy renegando sin valorar lo que he logrado.”
Hoy, Alberto disfruta de una nueva etapa, viajando y compartiendo tiempo con su familia, algo que la vorágine de la gastronomía le había negado durante años. “Ahora vivo otra vida, hace tres años que estoy viviendo otro… Como que volví a nacer… te perdés un montón de cosas, te perdés acontecimientos familiares, cumpleaños, te perdés casamientos…”
Al despedirse, Alberto dejó un mensaje de agradecimiento y un llamado a la unidad para Necochea. “Me despido con mucho cariño a todos… Y a nuestros queridos políticos… Que sean unidos… Que ayuden… Que se ayuden entre ellos… Y que sea una Necochea grande que necesitamos.”
Alberto Salvador, un hombre que trascendió la cocina para convertirse en un símbolo de Necochea, un testimonio vivo de trabajo, pasión y amor por su tierra. Su historia, contada con la autenticidad de quien ha vivido cada palabra, resuena como una inspiración para las nuevas generaciones.












