Quequén respira historia en cada rincón, y si uno busca un epicentro de esa memoria viva, indefectiblemente la brújula apunta a Casa Prieto. Fundada como una sociedad entre Pedro Prieto, abuelo materno, y Abelino García, un almacenero visionario que llegó desde Tandil para enamorarse de esta tierra, la casa de ramos generales mutó con el tiempo, adaptándose a las necesidades de un pueblo que crecía a su ritmo. Hoy, Marisa García, su hija, lleva las riendas de este legado, y estuvo en una charla íntima con Federico Cañadas y Mario Tambascia durante su programa “Esta Mañana” que se emite por NecRadio 98.3.
“Surgió como una necesidad para la población de Quequén, empezando con un negocio muy pequeño que fue prosperando con el correr de los años”, recuerda Marisa, trazando con sus palabras los humildes comienzos de un emporio que se convirtió en sinónimo de confianza y arraigo. Para muchos quequenenses, incluyéndome en mis años mozos, Casa Prieto era mucho más que un comercio: era el lugar donde se fiaba con la palabra, donde todos los apellidos estaban registrados en aquel fichero rotatorio que parecía contener el censo completo del pueblo. “Todo el mundo tenía la posibilidad de comprar a crédito, todo el mundo cumplía con su palabra. Eran otras épocas”, suspira Marisa, evocando una modalidad de venta hoy casi extinta.

La figura de Abelino García se agiganta en el relato. Un hombre de firmes convicciones justicialistas y un profundo amor por Quequén, donde echó raíces y se involucró activamente en la vida social. “Él amaba Quequén y hacía todo lo posible. Era muy participativo socialmente”, afirma su hija. Su visión trascendió las paredes del local, llegando incluso a ser tildado de “loco” por su audaz decisión de instalar Casa Prieto en una entonces desolada Avenida 75. “Nosotros le decíamos: ¿Estás loco? No había nada en la avenida 75. No, no, este lugar va a prosperar, y vas a ver que en el futuro… Y bueno, no se equivocó”, relata Marisa con una mezcla de admiración y nostalgia. Aunque Abelino no llegó a ver el floreciente corredor comercial de hoy, su intuición de pionero fue certera.
La modernización llegó de su mano, con una renovación del local de Quequén que incluyó probadores impensados para la época. Una obra faraónica que se llevó a cabo por etapas, con ingeniosas soluciones para no cerrar las puertas. “Entonces se ponían lonas, recuerdo esos nylon negros, como para ir subdividiendo el local y poder seguir trabajando a pesar de la obra”, rememora Marisa, quien desde niña vivió y creció entre mostradores y rollos de tela. “A mí con ocho años me ponían a la puerta porque era tanta la gente que iba a comprar que teníamos que ir dejando pasar de a diez clientes. Salían diez y entraban diez”, confiesa, revelando una dinámica comercial hoy inimaginable.
Casa Prieto llegó a tener treinta empleados, una gran familia extendida donde tíos y primos compartían la jornada. Una época dorada donde hasta una persona se dedicaba exclusivamente a envolver los paquetes y otra atendía la caja sin distracciones. Los viajantes eran recibidos con honores, desplegando sus colecciones en el quincho familiar, transformado en una improvisada pasarela donde las empleadas y la joven Marisa anticipaban las tendencias. “Eran días y días completos eligiendo las colecciones para comprar”, cuenta, pintando un cuadro de un comercio vibrante y en constante movimiento.
Ser la hija de Abelino tuvo sus bemoles. Si bien a veces abría puertas, también generaba la natural rebeldía juvenil. Sin embargo, el llamado del legado familiar fue fuerte. “Negra, yo te necesito conmigo”, fueron las palabras de su padre que finalmente la convencieron. No fue fácil, confiesa, con acuerdos laborales y hasta “acuerdos económicos” que incluyeron un departamento y un auto. La dinámica padre-hija en el ámbito laboral no estuvo exenta de tensiones, con un Abelino al que le costaba delegar y una Marisa ansiosa por demostrar su valía.

El cierre de la casa central en Quequén fue un golpe duro, una decisión inevitable ante un contexto económico adverso. “Cuando decidimos cerrar la casa central en Quequén fue porque ya no se podía sostener realmente”, explica Marisa. Abelino, enfermo, no presenció el desarme, pero consintió el alquiler del local a la Cooperativa Obrera. Sin embargo, para el sentir quequenense, la esquina sigue siendo “la esquina de lo de Prieto”. “Creo que los quequenenses no nos perdonaron que hubiésemos cerrado. Algunos comprendieron, otros no. Los que siguen yendo a comprar ahora a la avenida 75, aún hoy nos reclaman, ¿no?”, reflexiona con una punzada de tristeza.
La ausencia de Abelino se siente a diario. “No hay día en que no piense en él”, confiesa Marisa, quien a menudo se sorprende repitiendo sus frases y dándole la razón en discusiones pasadas. La relación, intensa y simbiótica, dejó una huella imborrable.
Hoy, Casa Prieto en Necochea sigue viva, adaptándose a los nuevos tiempos pero manteniendo la esencia inculcada por Abelino: honestidad, seriedad y rectitud. “Es como que soy un clon de mi padre, ¿no? Con los mismos principios. Y con otro carácter, con otro formato, con otros modos”, asegura Marisa, llevando adelante un legado que es mucho más que un negocio: es un pedazo de la historia de Quequén, una memoria familiar que resiste el paso del tiempo.
Y ante la pregunta final, ¿qué le diría hoy a su padre?, Marisa no duda: “Me encantaría que estuviese orgulloso de mí… Y por otra parte, decirle: Bueno viejo, ¿viste que al final no era todo laburo, ¿no?”, recordando aquella profunda reflexión de Abelino sobre el tiempo perdido y la importancia de los afectos, una lección que Marisa ha sabido internalizar y aplicar en su propia vida. Porque al final, como bien dice, la vida es una película, y las luces, en cualquier momento, se pueden apagar. Lo importante es el legado que dejamos encendido. Y el de Casa Prieto, sin dudas, sigue brillando.












