Por: Nicolás Mario Tambascia
Cuando la cosecha aprieta, hay quienes la viven lejos de los afectos. Lejos de la mesa familiar, de los rituales repetidos año tras año, de las sobremesas que parecen eternas. Ahí aparece una figura clave del agro argentino: el contratista. Una raza particular, curtida por kilómetros y horas de trabajo, apasionada por las máquinas y por el oficio, aun cuando muchas veces esa pasión vaya en contra del propio bolsillo o del cansancio acumulado.
Para ellos, el llamado del deber llega sin preguntar la fecha. El clima manda, los rindes no esperan y las ventanas de cosecha son tan cortas como decisivas. Así, las fiestas se celebran distinto: con un saludo por mensaje, una foto enviada desde el lote, un brindis improvisado en la cabina, cuando el motor se apaga por unos minutos. No hay fuegos artificiales ni grandes cenas, pero sí una convicción profunda: estar donde hay que estar.
La postal es dura y, a la vez, digna. Porque mientras muchos descansan, alguien asegura que el grano llegue a tiempo, que el esfuerzo de todo un año no se pierda. Y en ese sacrificio silencioso hay orgullo, hay responsabilidad y también nostalgia. Extrañar duele, pero el trabajo bien hecho reconforta.
Quizás por eso, para los contratistas, las fiestas no se miden solo en fechas, sino en momentos. A veces llegan más tarde, cuando la campaña afloja y el reencuentro se vuelve doblemente intenso. Otras veces, quedan pendientes, guardadas para el próximo descanso.
En un país donde el agro sigue siendo columna vertebral, vale detenerse a pensar en quienes pasan estas jornadas especiales entre fierros, rastrojos y horizontes abiertos. No para romantizar el esfuerzo, sino para reconocerlo. Porque también hay Navidad y fin de año en el campo, aunque se celebren con gasoil, estrellas y silencio.












