En el marco de los 57 años de Estación Quequén, Omar Ortiz pasó por Zoom El Deportivo y protagonizó una charla cargada de recuerdos, anécdotas y emoción. Uno de los protagonistas de aquella histórica fusión entre Juventud Unida y Progresista repasó los años dorados del club, recordó a grandes compañeros y dejó en claro que el verdadero legado del fútbol también se construye con amistad, humildad y sentido de pertenencia.
Hay historias que no se cuentan solamente con palabras, porque llevan consigo el peso de los años, las emociones compartidas y los recuerdos que permanecen intactos en el corazón. La visita de Omar Ortiz a Zoom, para charlar con Rubén Leys y Hugo Miraglia, fue una de ellas: un encuentro con la memoria viva del fútbol de Necochea y, especialmente, con una parte fundamental de la historia de Estación Quequén.
En una entrevista distendida, entre anécdotas, risas y momentos de profunda emoción, Omar volvió a recorrer aquellos caminos que comenzaron mucho antes de los títulos y las grandes celebraciones. Lo hizo con la sencillez de quien fue protagonista de una época inolvidable y con la humildad de quienes entienden que las grandes historias nunca se escriben en soledad.
Una unión que cambió la historia
Omar comenzó a jugar al fútbol a los 12 años en Juventud Unida, en 1962. Siete años después, en 1969, fue testigo y protagonista de una decisión que marcaría para siempre al fútbol de Quequén: la fusión entre Juventud Unida y Progresista, dos instituciones que hasta entonces habían sido rivales.
La unión, impulsada por dirigentes y referentes de ambos clubes que supieron mirar más allá de las diferencias, fue el punto de partida de Estación Quequén. Una decisión que, como recordó Ortiz, resultó fundamental para garantizar la continuidad de ambas instituciones y construir un nuevo proyecto deportivo.
En su relato aparecieron nombres como Andrés Ferrer, Cacho Letorneau, Ernesto Ortiz, Ramón Ortiz y Enrique Sola, entre otros protagonistas de aquellas reuniones que hicieron posible el nacimiento del club.
Detrás de aquella fusión no solamente hubo una decisión dirigencial. También existió la capacidad de comprender que, para crecer, era necesario dejar atrás las rivalidades y construir algo más grande entre todos.
La primera gran conquista, una emoción que no se borra
Si hay un recuerdo que permanece especialmente vivo en la memoria de Omar es el campeonato de 1970. Y no es para menos: aquella final ante Rivadavia tuvo todos los ingredientes de una historia destinada a quedar grabada para siempre.
Estación Quequén perdía 2 a 0, en una época en la que Rivadavia contaba con un equipo de enorme jerarquía. Sin embargo, cuando parecía que la noche se encaminaba hacia una derrota, llegó una remontada inolvidable: tres ataques, tres goles y una victoria por 3 a 2 que desató la alegría de toda una institución. Omar recordó aquella final con la emoción de quien todavía puede volver a ver las imágenes en su memoria. La cancha, la gente saltando detrás del alambrado, la celebración y la caravana posterior quedaron grabadas para siempre.
A la hora de elegir el campeonato más especial de su trayectoria, no dudó en señalar aquel de 1970. No porque les quitara valor a los títulos posteriores, sino porque el primero tuvo esa magia irrepetible de las conquistas que abren un camino y quedan para siempre en la historia.
Con el paso de los años, Estación Quequén logró consolidarse y construir una etapa dorada, con una base de jugadores que se mantuvo unida y que encontró en el compañerismo una de sus principales fortalezas.

Carlos Díaz, el amigo y el goleador inolvidable
Uno de los momentos más emotivos de la entrevista llegó cuando la conversación giró hacia Carlos Díaz, su compañero de tantos años y una de las grandes figuras de aquella historia. Omar habló de él con la admiración de quien compartió entrenamientos, partidos, vestuarios y una amistad forjada a lo largo del tiempo. Lo recordó como un goleador extraordinario, capaz de imponerse en el juego aéreo gracias a un salto y una potencia que parecían no tener explicación.
También destacó su amor propio, su carácter y esa capacidad de sobreponerse a las dificultades. Carlos no había comenzado siendo un jugador técnicamente destacado, pero su esfuerzo y sus ganas de superarse le permitieron evolucionar con el paso de los años. La descripción de Omar fue la de un compañero que conocía cada detalle de su juego, pero también la de alguien que sabía reconocer el valor humano detrás del futbolista.
En aquella sociedad dentro de la cancha, los centros y los cabezazos se convirtieron en una fórmula que los rivales conocían demasiado bien. En la final de 1970, tres centros de Omar terminaron en tres goles de Carlos Díaz. Una combinación que quedó asociada para siempre a una de las noches más gloriosas de Estación Quequén.
Pero más allá de las estadísticas y los goles, el recuerdo estuvo atravesado por el afecto. Porque hay compañeros que dejan una marca que no se mide en campeonatos, sino en todo lo que se comparte durante una vida.
El secreto de un equipo que se convirtió en familia
Al repasar aquella etapa dorada, Omar hizo hincapié en un aspecto que consideró fundamental: el grupo humano.
Con Oreste Ortiz, conocido como Quito, como una de las figuras centrales en la conducción del equipo, Estación logró mantener una base de siete u ocho jugadores que compartían mucho más que los entrenamientos y los partidos. Eran amigos, compinches, compartían reuniones familiares y asados. Esa relación fue construyendo una identidad que se trasladaba al campo de juego y que permitió que el equipo se afianzara con el paso de los años.
Omar también recordó una de las virtudes de Quito: su capacidad para mirar primero a la persona y después al futbolista. Una enseñanza que trasciende cualquier resultado y que sigue teniendo un enorme valor dentro del deporte. Porque los equipos pueden reunir grandes jugadores, pero para construir una historia duradera hace falta algo más: confianza, compromiso, respeto y la voluntad de caminar juntos.
El reconocimiento que vale toda una vida
A lo largo de la entrevista, los mensajes de los oyentes aportaron otro matiz especial. Llegaron saludos, recuerdos y palabras de admiración de personas que lo enfrentaron dentro de una cancha, que lo vieron jugar desde chicos o que encontraron en él un referente deportivo.
Cada mensaje reflejó algo que va más allá de los logros futbolísticos: el cariño que Omar supo cosechar a lo largo de los años. Con la emoción propia de esos reconocimientos, también apareció una reflexión sobre el valor de llegar a esta etapa de la vida y seguir recibiendo invitaciones de amigos, instituciones y personas vinculadas al deporte.
Omar reconoció que disfruta de esos encuentros y que le encanta que lo convoquen. En ese intercambio quedó flotando una idea sencilla, pero profunda: el reconocimiento más valioso no siempre llega en forma de trofeos o medallas. A veces aparece en un abrazo, en una conversación, en un mensaje inesperado o en el deseo de compartir nuevamente una mesa con quienes formaron parte de nuestra historia.
Y en el caso de Omar, ese afecto se extiende más allá del fútbol, porque también dejó su huella en el automovilismo, otra de sus grandes pasiones.
Un presente que invita a volver a soñar
La charla no quedó anclada únicamente en el pasado. Al hablar del presente de Estación Quequén, Omar expresó su entusiasmo por el momento que atraviesa la institución y por los proyectos que impulsa la nueva dirigencia.
Después de asistir a la fiesta por el aniversario, destacó la cantidad de gente que participó, la calidez del encuentro y las ganas de trabajar que encontró entre quienes hoy están al frente del club. También valoró especialmente la posibilidad de crear un merendero para los chicos de Quequén, una iniciativa que consideró importante para acompañar a las familias y fortalecer el rol social de la institución.
En sus palabras volvió a aparecer esa mirada que entiende al club como mucho más que un equipo de fútbol. Estación Quequén es también un espacio de encuentro, formación y pertenencia, donde las nuevas generaciones pueden encontrar oportunidades para crecer.
Omar le tiene fe al proceso deportivo y confía en que el trabajo sostenido permitirá seguir construyendo un futuro a la altura de la historia del club.
Una historia que sigue viva
La visita de Omar Ortiz a Zoom El Deportivo fue mucho más que una entrevista por los 57 años de Estación Quequén. Fue una oportunidad para recuperar una parte de la memoria deportiva de la ciudad a través de la voz de uno de sus protagonistas.
Entre recuerdos de grandes partidos, compañeros inolvidables y títulos que todavía despiertan emoción, quedó también el testimonio de una época en la que el fútbol se construía con esfuerzo, amistad y una profunda identificación con los colores.
Omar se despidió agradecido por la invitación y con la misma sencillez con la que había llegado. Del otro lado quedaron los saludos de quienes lo admiran, los recuerdos de quienes compartieron aquellos años y la certeza de que su historia sigue siendo parte de la identidad de Estación Quequén.
Porque los años pasan, los equipos cambian y los campeonatos se suceden, pero hay cosas que permanecen. La memoria de una final inolvidable, la figura de un compañero que ya no está en la cancha, la alegría de una hinchada y el orgullo de haber sido parte de algo que trascendió el resultado.
A los 57 años de Estación Quequén, la voz de Omar Ortiz volvió a recordarnos que los clubes no se construyen solamente con goles y campeonatos. Se construyen con personas, con historias compartidas y con el amor de quienes, aun después de tantos años, siguen sintiendo que esos colores también son parte de su propia vida.












