Entre recuerdos, anécdotas y emociones, Sergio Mainardi repasó su historia futbolística en una charla cargada de nostalgia en Zoom El Deportivo con Leonardo Menna, Hugo Miraglia y Thomás Vidal. Desde sus primeros pasos en el baby fútbol hasta las grandes tardes con Estación Quequén, el exjugador volvió a encontrarse con aquellos momentos que marcaron su vida, siempre con la humildad como bandera y el recuerdo de su familia y sus compañeros en el corazón.
Hay futbolistas que se recuerdan por sus goles, otros por sus gambetas y algunos por los títulos que consiguieron. Pero hay jugadores que dejan una marca mucho más profunda: la de quienes tuvieron el privilegio de verlos jugar y la de aquellos que compartieron una cancha con ellos. Sergio Gustavo Mainardi pertenece, sin dudas, a ese grupo.
En una charla con sabor a fútbol de antes, de esas que invitan a detenerse en el tiempo y volver a recorrer viejas canchas, Mainardi se permitió mirar hacia atrás y reencontrarse con una historia construida a fuerza de talento, pasión, compañerismo y amor por la camiseta.
La presentación fue tan contundente como el recuerdo que todavía despierta su nombre. Leonardo Menna, no dudó en ubicarlo entre los tres mejores futbolistas que vio en su vida, junto a Gustavo Cárdenas y Miguel Ángel López. Una valoración que habla por sí sola y que Sergio recibió con la sencillez que lo caracteriza.
“Yo jamás en mi vida me creí un buen jugador. Siempre traté de jugar como yo sabía”, expresó, dejando en claro que, detrás de aquel talento que tantos admiraron, siempre hubo un hombre que entendió el fútbol desde la naturalidad.
De la pelota contra la pared a los grandes escenarios
La historia comenzó en el baby fútbol de Isabel la Católica. Allí, de la mano de sus padres, empezó a alimentar una pasión que con los años se transformaría en una forma de vida. Sergio recordó aquellos viajes caminando junto a su mamá y su papá para llegar a la cancha, con las ganas intactas de jugar y disfrutar. Eran otros tiempos, otras costumbres, pero la misma ilusión que todavía hoy despierta una pelota en los más chicos.
Después llegó Estación Quequén, donde comenzó a jugar en las divisiones inferiores. Y allí, rodeado de grandes futbolistas, empezó a escribir algunas de las páginas más importantes de su carrera.
Tenía apenas 15 años cuando recibió una noticia que jamás olvidaría: debía jugar en Primera División. La sorpresa fue enorme. Del otro lado lo esperaba un equipo plagado de nombres importantes, jugadores consagrados y figuras que él mismo admiraba.
La noche previa casi no pudo dormir por los nervios. Sin embargo, cuando llegó al vestuario, encontró en sus compañeros una bienvenida que le transmitió tranquilidad. Aquellos futbolistas de experiencia lo recibieron con naturalidad, como a uno más, y ese gesto también quedó guardado en su memoria.

Estación Quequén, el equipo de su vida
A lo largo de su trayectoria, Mainardi tuvo la oportunidad de jugar en distintos equipos y compartir cancha con futbolistas extraordinarios. Sin embargo, cuando la conversación lo llevó a elegir un lugar especial, no dudó.
Estación Quequén fue y será el equipo de su vida. No solamente por lo que ocurrió dentro del campo de juego, sino por el grupo humano que supieron construir. En sus palabras apareció una idea que atravesó toda la entrevista: el fútbol se disfruta mucho más cuando existe compañerismo, respeto y una verdadera unión entre quienes comparten un vestuario.
En ese recorrido también hubo un capítulo especial: jugar junto a su hermano Fabián. Una experiencia que mezclaba el orgullo familiar con las exigencias de la competencia. Porque dentro de la cancha, según recordó entre risas, el vínculo de hermanos no impedía las recriminaciones cuando alguna jugada no salía como debía.
Las anécdotas surgieron espontáneamente, con esa complicidad que solamente pueden compartir quienes vivieron tantas horas juntos detrás de una misma pasión.
La noche inolvidable frente a Olimpo
Uno de los momentos más emotivos del recuerdo futbolístico llegó al repasar aquella histórica campaña de Estación Quequén y la final frente a Olimpo de Bahía Blanca.
Sergio evocó el sacrificio de un grupo que luchó para llegar a esa instancia, incluso cuando las condiciones no eran sencillas. Hubo esfuerzo, rifas y el compromiso de quienes querían representar al club y a su gente de la mejor manera posible.
Enfrente estaba Olimpo, un rival de jerarquía, con grandes jugadores y recursos para conformar un equipo poderoso. Pero Estación tenía algo que no se podía medir en nombres ni en presupuesto: una unión inquebrantable y la convicción de que, en su cancha, podía dar pelea ante cualquiera.

La previa también dejó recuerdos imborrables. Los nervios, las charlas, las horas que parecían no pasar y la certeza de estar ante una oportunidad que podía quedar grabada para siempre. Y entre tantas emociones, Sergio rescató una imagen profundamente personal: el gol que fue a gritarles a sus padres.
Ese gesto, sencillo y enorme al mismo tiempo, resumió mucho más que una celebración deportiva. Fue la manera de agradecerles a quienes lo acompañaron desde sus primeros pasos, a quienes caminaron con él hasta aquella cancha de baby fútbol y estuvieron presentes mientras su sueño comenzaba a tomar forma.
Porque detrás de cada futbolista hay una historia, una familia y un camino recorrido mucho antes de llegar a las grandes definiciones.

Los compañeros, las anécdotas y el fútbol que ya no vuelve
La charla también abrió la puerta a los recuerdos de grandes compañeros, tardes inolvidables y partidos que parecían imposibles. Aparecieron nombres propios, jugadas sorprendentes y episodios que, con el paso de los años, se transformaron en parte de la memoria futbolera de Necochea y Quequén.
Mainardi recordó la calidad de jugadores como Miguel Ángel López, Paco y Carlos Díaz, entre tantos otros. Lo hizo con admiración genuina, como quien todavía puede cerrar los ojos y volver a verlos dentro de una cancha.
También habló de las diferencias entre aquel fútbol y el actual. Para él, antes se jugaba con más tiempo para pensar, con menos presión y con una idea sencilla que todavía considera fundamental: tocar la pelota, buscar al compañero y volver a ofrecerse como opción.
Su referencia futbolística era Marangoni, un jugador en el que se fijaba para aprender movimientos, observar cómo paraba la pelota y entender la importancia de un pase bien dado.
De allí surgió uno de sus consejos más claros para los chicos que hoy comienzan: jugar fácil. Porque el talento también consiste en resolver las situaciones con sencillez y hacer mejores a los compañeros.

El legado de su padre y una humildad que permanece
Pero si hubo un momento en el que la entrevista trascendió el fútbol, fue cuando Sergio habló de su papá. Al recordar una anécdota que un oyente compartió al aire, volvió a aparecer la figura de aquel hombre que dejó una marca profunda en su vida. Entre los recuerdos, las enseñanzas y el cariño, hubo una frase que Mainardi lleva consigo desde siempre: “Hijo, en la vida sé humilde”.
No fue una enseñanza que quedó guardada en el pasado. Fue un principio que, según explicó, continúa acompañándolo en cada etapa de su vida.
Sergio agradeció los mensajes de quienes lo recordaron como jugador y como persona. Recibió con emoción las palabras de admiración, pero sin perder esa manera de ser que parece haberlo acompañado desde sus primeros días en el fútbol.
Porque si muchos lo recuerdan por su talento, por su capacidad para jugar y por las alegrías que regaló dentro de una cancha, él elige poner el acento en otra cosa: el privilegio de haber compartido el camino con grandes compañeros y de haber recibido una educación que le enseñó a mantener los pies sobre la tierra.
Una carrera que terminó, pero una pasión que sigue viva
Sergio comenzó a jugar en Primera a los 15 años y se retiró alrededor de los 37. Fueron más de dos décadas de fútbol, de entrenamientos, vestuarios, viajes, alegrías y desafíos. Y, como les sucede a tantos deportistas, dejar de jugar no fue sencillo.
Sin embargo, la pelota nunca dejó de ocupar un lugar especial. Hoy, su intención de acercarse a los más chicos demuestra que la pasión puede encontrar nuevas formas de expresarse, incluso cuando ya no se viste de corto para competir.
La entrevista terminó entre agradecimientos, bromas y la sensación de que todavía quedaban muchas historias por contar. Porque cuando se habla de fútbol, de aquellos equipos y de los compañeros que dejaron huella, una hora parece demasiado poco.
Sergio Mainardi volvió a recorrer su historia y, en ese viaje, también permitió recuperar una parte de la memoria deportiva de la ciudad.
Quedó el recuerdo de aquel chico que caminaba con sus padres para jugar al baby fútbol, del adolescente que debutó en Primera con apenas 15 años, del futbolista que compartió equipo con grandes figuras y del hombre que eligió quedarse en Necochea para continuar su carrera cerca de su gente.
Pero, sobre todo, quedó la imagen de alguien que nunca necesitó proclamarse grande para ser reconocido como tal.
Porque hay jugadores que pasan por el fútbol y otros que permanecen en la memoria. Sergio Mainardi, por su talento, sus valores y la historia que construyó junto a sus compañeros, pertenece a estos últimos.












