El historiador local Martín Petersen visitó el programa “Esta Mañana” para reconstruir, con la precisión y el detalle que lo caracterizan, el episodio fundacional de Puerto Quequén, inaugurado el 10 de diciembre de 1922. Un acontecimiento que, lejos de ser un acto institucional impecable, estuvo atravesado por internas políticas, improvisaciones y escenas que hoy sorprenden por su simplicidad.

Petersen recordó que las obras del puerto comenzaron en 1909 y quedaron prácticamente listas hacia 1916, ya en tiempos de Hipólito Yrigoyen, en un contexto nacional que buscaba modernizar su infraestructura marítima en plena Primera Guerra Mundial. Pero lo más llamativo ocurrió con la llegada del presidente Marcelo Torcuato de Alvear a la región.
“El primer viaje oficial de Alvear como presidente fue a Necochea”, reveló el historiador. Recién asumido, tras volver de París —donde era embajador y donde llevaba una vida social activa, “muy dada al buen vivir”, según describió Petersen—, Alvear tomó un tren directo desde Constitución. Pero entonces surgió un detalle sorprendente: Quequén no existía oficialmente como pueblo. Sí existía la estación, pero no la localidad reconocida por la provincia, por lo tanto, el presidente solo podía ser recibido en Necochea, cabecera urbana y administrativa de la zona.
El mandatario descendió en la estación local y caminó por una calle 62 adoquinada, flanqueada por vecinos que le arrojaban flores, una práctica social común en la política de la época. “De ahí viene la expresión ‘tirar flores’ que hoy usamos en lo cotidiano”, explicó Petersen.
Tras la bienvenida formal en el antiguo Palacio Municipal —ubicado entonces en 61 entre 58 y 60, frente a la iglesia—, la comitiva tomó el tranvía hacia la estación Quequén para realizar el viaje inaugural por las vías recién tendidas que unían la estación con el muelle. Ese tramo ferroviario fue financiado por el Estado nacional, ya que la empresa concesionaria no estaba interesada en conectarse con el área portuaria.
Pero el dato más insólito surgió al hablar de las fotografías oficiales:
“En la imagen principal de la inauguración no aparece Alvear”, señaló Petersen, destacando que solo se ve al Ministro de Obras Públicas posando junto a un galpón de chapa. “Todo indica que la ceremonia fue más una fiesta partidaria que un acto de Estado”, reflexionó.
El historiador detalló también por qué la sede operativa del puerto se estableció del lado de Quequén: la profundidad natural del río, la barranca alta que permitía instalar el faro y los organismos de inspección, y la cercanía a la carga que llegaba desde Buenos Aires. En cambio, la playa de Necochea ofrecía arena y poca altura, dificultando cualquier infraestructura.
A pesar de que el puerto se asentó sobre suelo loberense, Petersen remarcó que en los años 20 Lobería y Necochea trabajaban en pie de igualdad en los temas portuarios. Los asuntos del puerto eran centrales en la vida pública y convocaban activamente a intendentes, legisladores y vecinos. Algo muy distinto a lo que ocurre hoy.
Incluso en medio de una época marcada por fuertes disputas internas del radicalismo, el desarrollo urbano no se detuvo: el Puente Colgante, la Escuela Nº 1, la piedra fundamental del Colegio Nacional, el teatro diseñado por Aymerich y Murillo Farracini y otras tantas obras mostraban una ciudad que avanzaba sin pausa.
Petersen cerró su participación recordando que aquel puerto, inaugurado sin grandes fastos y con una foto oficial sin presidente, se transformaría con el tiempo en uno de los tres puertos cerealeros más importantes del país.
“Se fundó sobre tensiones políticas, limitaciones técnicas y decisiones improvisadas. Pero aun así, se convirtió en una estructura clave para la región y el país”, sintetizó.












