Por: Nicolas Mario Tambascia
Cada diciembre, con la llegada de las Fiestas, el precio de la carne vuelve a instalarse en el centro de la conversación pública. La discusión suele repetirse con los mismos reflejos: sorpresa, enojo y la búsqueda de culpables inmediatos. Sin embargo, esta vez, el diagnóstico que surge desde el propio sector productivo invita a correr la mirada del corto plazo.
Para la Sociedad Rural Argentina, la suba registrada en las últimas semanas no es un fenómeno coyuntural ni el resultado de una especulación puntual, sino la consecuencia lógica de un proceso más profundo: la normalización de una ganadería que arrastra años de atraso frente a la inflación y fuertes distorsiones de mercado.
El informe elaborado por el Instituto de Estudios Económicos y Negociaciones Internacionales y la Comisión de Carnes de la entidad identifica una decena de factores estructurales que confluyen en este escenario. Clima adverso, sequía prolongada, liquidación previa de vientres, menor oferta de hacienda, aumento de costos, cambios regulatorios y un nuevo contexto político forman parte de una misma trama. Ninguno explica el fenómeno por sí solo; juntos, lo vuelven inevitable.
Durante varios años, la carne fue uno de los productos que quedaron rezagados en términos reales. Ese atraso, celebrado por el consumidor en el corto plazo, tuvo su contracara silenciosa: menos inversión, pérdida de stock y una ganadería condicionada para crecer. Cuando el ciclo biológico se impone —y siempre lo hace—, la corrección llega. Y rara vez lo hace de manera gradual.
Las Fiestas, con su pico estacional de consumo, funcionan como amplificador de un proceso que ya estaba en marcha. No lo generan, lo exhiben. El problema es confundir el síntoma con la causa. Pretender frenar la suba sin atender las razones de fondo equivale a repetir errores conocidos: intervenciones que alivian momentáneamente pero profundizan los desequilibrios.
La discusión, entonces, debería ser otra. Cómo lograr una ganadería previsible, con reglas estables, que permita aumentar la producción y amortiguar los vaivenes de precios sin castigar ni al productor ni al consumidor. Ese es el verdadero desafío del nuevo ciclo que empieza a insinuarse.
La carne vuelve a ser cara no porque algo excepcional esté ocurriendo, sino porque durante demasiado tiempo se fingió que no pasaba nada. Y cuando la realidad alcanza a los números, lo hace sin contemplaciones.












