La psicopedagoga explicó que la profesión no se limita a la infancia y que cualquier persona puede conocer su propio perfil de aprendizaje. Además, habló de las señales que pueden advertir dificultades escolares, el papel de las familias, el uso de las pantallas y el trabajo interdisciplinario que desarrolla junto al equipo de Acción Psicopé.
En diálogo con “Esta Mañana”, por NEC Radio 98.3 del Multimedio NQ, la psicopedagoga Solange Franco celebró el Día del Psicopedagogo repasando los desafíos de una profesión que, según explicó, tiene como uno de sus principales objetivos comprender cómo aprende cada persona y encontrar las herramientas más adecuadas para acompañar ese proceso.
Franco remarcó que la psicopedagogía no está destinada únicamente a niños en edad escolar.
“Nosotros analizamos y estudiamos los procesos de aprendizaje y cómo aprende el ser humano. A un psicopedagogo puede acudir cualquier persona de cualquier edad”, explicó.
Cada persona aprende de una manera diferente
Uno de los conceptos centrales de la entrevista fue la existencia de distintos perfiles de aprendizaje.
Hay personas que incorporan mejor la información de manera visual, otras mediante la escucha y otras necesitan mayor participación corporal o movimiento.
“Ninguno aprende exactamente igual que otro. Nuestro rol es poder descubrir cómo aprende esa persona”, sostuvo.
A partir de esa evaluación pueden diseñarse estrategias adaptadas a cada paciente.
Por ejemplo, en una persona con mayor facilidad auditiva pueden utilizarse grabaciones, audiolibros o explicaciones orales.
En otros casos resultará más efectivo trabajar con imágenes, elementos visuales o actividades prácticas.
¿Cuándo es momento de consultar?
Franco explicó que no existe una única señal que indique automáticamente la necesidad de iniciar un tratamiento.
Sin embargo, hay situaciones que deberían llamar la atención de las familias y de los docentes.
Uno de los escenarios frecuentes aparece cuando un niño recibe apoyo escolar, acompañamiento extra y distintas estrategias pero, aun así, continúa con dificultades significativas.
“Cuando nada parece funcionar y la familia ya no sabe cómo acompañarlo, es momento de consultar y analizar más profundamente qué está pasando”, explicó.
La frustración también puede ser una señal
Para la profesional, muchas veces las señales aparecen primero en el comportamiento y en las emociones.
Entre ellas mencionó angustia al momento de ir a la escuela, frustración excesiva frente a las tareas, dificultades importantes para concentrarse, problemas para estudiar o memorizar y cambios conductuales.
“A veces los chicos no saben decir ‘no puedo retener esta información’ o explicar qué les pasa. Entonces tenemos que mirar las señales”, sostuvo.
Franco consideró que el componente emocional es fundamental.
“Cuando vemos un niño desbordado, frustrado, triste o que se angustia para hacer la tarea, hay que prestar atención”, remarcó.
La atención suele ser una de las dificultades más visibles
Dentro del aula, las cuestiones vinculadas con la atención suelen resultar más fáciles de detectar.
La psicopedagoga mencionó como ejemplos a chicos que se dispersan constantemente, conversan durante la clase, no terminan las actividades, no copian del pizarrón o necesitan levantarse permanentemente.
Esas conductas no constituyen por sí solas un diagnóstico, pero pueden motivar una consulta y una evaluación más profunda.
El objetivo será determinar qué está ocurriendo y cuáles son las herramientas que podrían facilitar el aprendizaje.
El vínculo entre el consultorio y la escuela
Franco explicó que uno de los trabajos fundamentales de la psicopedagogía clínica consiste en mantener contacto con las instituciones educativas.
Una vez identificado el perfil de aprendizaje del paciente, pueden brindarse orientaciones a docentes y equipos escolares.
“Nos comunicamos con la escuela y mandamos este perfil puntual. A partir de ahí podemos sugerir adecuaciones para que ese niño aprenda de una mejor manera”, señaló.
No se trata de eliminar contenidos o exigencias, sino de encontrar distintos caminos para llegar al mismo objetivo.
Cuando un chico no quiere ir a la escuela
Otro tema abordado fue la negativa reiterada de niños y adolescentes a concurrir a clases.
Ante esa situación, Franco recomendó no quedarse solamente con la conducta visible.
“Hay que empezar a indagar qué está pasando”, explicó.
El primer paso puede ser dialogar con la institución, consultar a los docentes y, especialmente, escuchar al propio chico.
“Tenemos que hablar con nuestros hijos, sobrinos o con el familiar que está atravesando esa situación”, indicó.
El juego como forma de llegar a los chicos
Para Franco, los adultos no deberían olvidarse del juego como herramienta de comunicación.
Muchas veces un niño tiene dificultades para expresar verbalmente qué siente, pero puede hacerlo mientras juega.
“Los adultos tenemos que volver a jugar”, sostuvo.
Puede tratarse de juegos de mesa, actividades simbólicas o simplemente momentos compartidos.
Incluso con adolescentes, generar un espacio más relajado puede permitir que aparezcan cuestiones que de otra manera resultarían difíciles de verbalizar.
Las pantallas: ni prohibirlas ni dejarlas sin límites
El uso de celulares, computadoras y dispositivos tecnológicos también formó parte de la conversación.
Franco reconoció que las pantallas pueden afectar la concentración cuando no existen límites, pero rechazó la idea de pensar a la tecnología únicamente como un problema.
“Tenemos que poder usarla a nuestro favor”, explicó.
La recomendación pasa por establecer horarios y rutinas claras.
“Somos los adultos quienes tenemos que poner la estructura: de tal hora a tal hora se puede usar y después ya no”, señaló.
La tecnología también puede ayudar a aprender
Dentro del consultorio, el equipo utiliza diferentes herramientas tecnológicas.
Franco mencionó aplicaciones y programas destinados a trabajar funciones cognitivas, lectura, escritura y fluidez lectora.
“Hay recursos que hacen que la actividad sea mucho más amena y los chicos se conectan muchísimo más”, explicó.
El desafío, entonces, no es eliminar la tecnología sino aprender a utilizarla con un objetivo concreto.
Los padres pueden ayudar con la tarea
Franco también despejó una duda habitual entre las familias: acompañar a un hijo con las tareas no es necesariamente negativo.
“Está bueno ayudar y orientar”, afirmó.
La diferencia está en que el adulto funcione como apoyo y no termine resolviendo completamente la actividad.
“El niño o el adolescente tiene que poder hacer su propio recorrido. La ayuda debe ser un puntapié, no hacerle toda la tarea”, explicó.
No comparar hermanos
Otra práctica que recomendó evitar es la comparación entre hermanos.
Frases como “mirá cómo tu hermano sí puede” pueden aumentar la frustración y generar competencia innecesaria.
“Cada uno tiene fortalezas y desafíos”, remarcó.
Para Franco, esas diferencias incluso pueden utilizarse de manera positiva.
Un hermano que tiene mayor facilidad para matemática puede ayudar al otro y quien presenta fortalezas en lectura puede aportar desde ese lugar.
“La idea es usar esas fortalezas para unir y no para competir”, explicó.
La importancia de estar presentes
La psicopedagoga destacó además cuestiones que pueden parecer pequeñas para los adultos pero tienen enorme valor para los niños.
Acompañarlos a la escuela, participar de los actos, compartir un juego o reservar un momento de la jornada exclusivamente para ellos son algunas de esas acciones.
“La presencia es clave. Estar y mirar realmente a ese niño”, expresó.
Reconoció que las rutinas laborales, la situación económica y las obligaciones cotidianas muchas veces dificultan esa disponibilidad, pero pidió intentar generar momentos concretos de encuentro.
Acción Psicopé: dejar de trabajar en soledad
Franco contó también cómo nació Acción Psicopé, el equipo que actualmente integra y coordina.
Durante alrededor de diez años trabajó de manera individual dentro de la clínica psicopedagógica.
Con el tiempo comenzó a notar las limitaciones de ese formato.
“Es un trabajo bastante solitario. Podés supervisar y hablar con otros profesionales, pero dentro del consultorio estás sola frente a la familia, la escuela y un montón de situaciones”, recordó.
El nacimiento de su hijo terminó impulsándola a reorganizar la forma de trabajar.
“Cuando decidí ser mamá dije: esto tiene que cambiar, no puedo estar desde la mañana hasta la noche”, contó.
A partir de allí comenzó a convocar a otras profesionales y surgió Acción Psicopé.
Atención para todas las edades
El equipo trabaja actualmente con niños, adolescentes, adultos y personas mayores.
Entre sus propuestas realizan evaluaciones neurocognitivas integrales, tratamientos especializados, orientación vocacional y acompañamiento de adultos mayores.
La modalidad grupal permite además que los profesionales intercambien miradas y construyan estrategias en conjunto.
“Es una mirada mucho más enriquecedora”, destacó Franco.
Cuando la familia también necesita acompañamiento
La intervención no siempre termina en el paciente.
En ocasiones aparecen situaciones familiares que también requieren atención.
Franco contó que muchas veces los padres reciben un diagnóstico o una devolución profesional con culpa, ansiedad o incertidumbre.
“Empiezan a preguntarse qué hicieron mal o qué tienen que hacer ahora”, explicó.
En esos casos, el equipo puede sugerir acompañamiento psicológico para los propios adultos.
También trabajan brindando estrategias concretas para aplicar dentro del hogar.
El trabajo interdisciplinario
Cuando una situación lo requiere, Acción Psicopé articula con psicólogos, fonoaudiólogos y otros profesionales.
Para Franco, abordar determinados casos en red fortalece el acompañamiento.
“No es lo mismo estar solos como psicopedagogos que tener otros profesionales interviniendo y trabajando sobre el mismo objetivo”, señaló.
La emoción de ver a un chico aprender
Sobre el final, Franco contó cuál es uno de los momentos que más la conmueven profesionalmente.
No necesariamente tiene que ver con las situaciones más difíciles, sino con observar los avances.
“Cuando llega un paciente que no reconoce letras, que no puede unir sílabas ni distinguir palabras y después de un tiempo empieza a leer una oración, se te llenan los ojos de lágrimas”, confesó.
Es allí, aseguró, cuando aparece la certeza de que todo el trabajo realizado tuvo sentido.
“Decís: está funcionando. Y esos son los momentos con los que me quiero quedar”, concluyó.












