Las palabras importan. Y mucho más cuando intentan explicar lo inexplicable. Tal como lo expresó, el imputado de femicidio, Javier Cerfoglio, quien dijo que “la amé y la sigo amando”.
Decir “la amaba” después de haberla golpeado a Magali Verá salvajemente hasta matarla no es una declaración de amor. Es, en todo caso, una frase que busca confundir, suavizar, quizás hasta generar algún atisbo de empatía donde no debería existir.
Porque hay algo que debe quedar claro, sin grises ni interpretaciones posibles: el amor no mata.
Lo ocurrido con Magalí no admite dobles lecturas. No hay margen para relativizar la violencia ni para disfrazarla de sentimiento. Lo que hubo fue brutalidad, fue violencia extrema, fue una vida arrebatada de la peor manera.
En este tipo de casos aparece una constante: el agresor intenta reconstruir un relato donde el crimen queda envuelto en emociones, como si eso pudiera explicar o atenuar lo sucedido. Pero no lo hace. Al contrario, lo agrava.
Porque no sólo se ejerce violencia física. También se intenta ejercer una violencia simbólica, una distorsión del sentido común, una manipulación del significado de las palabras.
Decir “la amaba” después de matarla es vaciar de contenido una de las palabras más importantes que tenemos como sociedad.
Y ahí es donde también aparece la responsabilidad colectiva. No se puede permitir que ese discurso se instale sin ser cuestionado. No se puede naturalizar que la violencia conviva con el amor en una misma frase.
El amor cuida. El amor respeta. El amor protege.
Todo lo demás no es amor.
En el centro de esta historia hay una víctima. Una mujer, Magali, que fue asesinada. Y ese dato, duro, directo, irrebatible, no puede quedar tapado por ninguna construcción discursiva.
Porque cuando el “amor” se usa como excusa, lo que se intenta es esconder lo único que realmente importa: la violencia que terminó en muerte.












