Por: Miguel Abálsamo
Aquella mañana del 24 de marzo del 76, medio siglo antes en el almanaque de nuestras vidas, amaneció soleado en Necochea, casi una crónica de un final sabido que tenía fecha tres meses antes, cuando el 24 de diciembre del 75 el General Jorge Rafael Videla anunciaba que el final estaba cerca.
Un país en un caos económico, un “rodrigazo” (nombre impuesto por el entonces Ministro de Economía de la presidenta Isabel Perón), con aumentos de todos los servicios, baja de salarios y una desocupación no en el promedio del presente pero en ascenso, y una constante amenaza de sectores de la guerrilla, militares acechando, sin apoyo del empresario más importante del país y sin liderazgo político: un cóctel que terminaría en ese golpe.
Nací en un hogar donde la política era parte familiar, en su mayoría peronista. En mi adolescencia escuchaba claramente varios conceptos, desde “este gobierno no va más” de propios (peronistas) y extraños, hasta el hastío por la violencia creciente desde la extrema izquierda a la extrema derecha, con la aparición pública en el 75 de la Triple A, siempre en el misterio su creación, pero con una realidad: allí estaba la derecha peronista en medio de esa confusión represiva y la muerte de 600 militantes, muchos de ellos peronistas de izquierda.
El golpe fue cívico-militar, con una planificación desde las tres Fuerzas Armadas (Videla-Massera-Agosti) y en economía Alfredo Martínez de Hoz.
En Necochea gobernaba el agrimensor Edgardo Hugo Yelpo (Partido Intransigente), vencedor del peronismo en las elecciones del 11 de marzo del 73, cuando Quequén todavía estaba anexado a Lobería, intendencia que se prolongó unos meses hasta que la intervención militar colocó a quien siempre fue su hombre de confianza en cada presencia: Alberto Vicente Percario.
Ese día soleado vio a muchos vecinos haciendo oír sus bocinas por las calles, muchos comerciantes abriendo con perfil bajo sus negocios pero asistiendo a un fin esperado y a una esperanza, sin prever lo que vendría en los años de plomo de persecución, exilio, muerte y censura, y 36 necochenses desaparecidos.
La mayoría de la política y el sindicalismo en silencio, producto de la espera y de la incertidumbre, con intervención militar desde el GADA 501 de Mar del Plata y el cumplimiento de órdenes en cada localidad por parte del personal policial, órdenes que meses atrás había impartido el gobierno de Isabel, especialmente en el combate de la guerrilla en Tucumán, la famosa “Operación Independencia”.
Necochea no tuvo voces contrarias al golpe. La ciudad pareció seguir su curso normal. Más aún, recuerdo la actividad deportiva en el fin de semana posterior, y al poco tiempo (año 78) la creación de un grupo de apoyo necochense a las Fuerzas Armadas, con nombres y apellidos que hoy sorprenden, siempre situándonos en ese presente.
No hubo paro de actividades en las oficinas estatales. La Municipalidad abrió sus puertas naturalmente y, en el internismo peronista, en esos momentos con nombres rutilantes de dirigentes sindicales como Juan Di Russo o políticos como Rodolfo Juvencio Arce, ambos de la derecha peronista, mientras que la JP, intrínsecamente ligada a Montoneros, motorizaba la acción más dinámica del movimiento.
Nadie imaginaba que sería el golpe más duro de una historia de golpes vividos en nuestra ciudad.
El del 30 contra el radicalismo, el 55 contra el peronismo, 58 y 63 ante Frondizi e Illia; este apuntaba al peronismo, que gobernaba la Argentina, pero extendido a un amplio abanico, especialmente apuntado a jóvenes, intelectuales y dirigentes de participación. Nunca olvidar aquello de… “algo habrán hecho”, que sigue instalado en el presente en diversos sectores de la sociedad.
Necochea, ese 24 de marzo del 76, en su gran mayoría sintió el golpe como un alivio a su situación económica-social, el caos y la anarquía de un asedio de la violencia que el Estado, lejos de controlar, le aplicó más violencia: el peor de los terrorismos, el terrorismo de Estado.
Hoy, a cincuenta años, parece estar cada vez más lejana la idea de reconciliación nacional. Pareció cerrado un ciclo con el juicio histórico a las Juntas durante el gobierno de Alfonsín; posteriormente, la Ley de Amnistía y los indultos del presidente Menem a militares y guerrilleros en búsqueda de la pacificación nacional. La última etapa vio un “kirchnerismo” que, en sus figuras Néstor y Cristina, nunca hicieron nada por los Derechos Humanos en las duras épocas, adueñándose de banderas no propias por intereses políticos del momento, para llegar a este presente con un gobierno de Milei llamando a “la memoria completa”.
Todos decimos “Nunca Más”, desde el ángulo que nos miremos ideológicamente. Por eso es necesario en Necochea que se abran las plazas a toda la participación popular. No debe ser para un microclima con sus banderas y discursos repetidos ante cada fecha, dejando a miles de necochenses fuera de esa participación.
El “Nunca Más” es de todos.
Aquella Necochea del 24 de marzo del 76, como en toda la Argentina, no imaginó lo que vendría. Lo tomó como un golpe cívico-militar que oxigenaba un país en la anarquía (faltaban seis meses para una nueva elección presidencial). Aquel soleado día hubo mucha bocina y alivio.
La presidenta Isabel, presa en el sur del país cinco años, raramente olvidada por los propios peronistas, que terminan reivindicando a ex presidentes que hablaron más de lo que hicieron en esa época, que fue nada.
Comenzaba hace 50 años el golpe militar más duro de nuestra historia.
No podemos juzgar a gran parte de la sociedad sin situarnos en aquella realidad.












