La voz de Guillermo Lludgar, exjuez jubilado y veterano de la Guerra de Malvinas, resuena con la profundidad de quien ha vivido la historia en carne propia. En una entrevista con Federico Cañadas, durante el programa “Esta Mañana” y desde los estudios de NEC Radio, 98.3 del multimedios NQ, Lludgar no duda en afirmar: “Todos los días me acuerdo de Malvinas”. Una frase que encapsula la huella imborrable que el conflicto dejó en su vida y en la de tantos.
La conversación, que se inicia con la emoción que le provoca ver a los veteranos desfilar, rápidamente se sumerge en el lado más íntimo y doloroso de la guerra. Lludgar, que tenía 26 años cuando fue movilizado en 1982, rechaza el término “héroes” para referirse a sí mismo y a sus compañeros. “No somos héroes, somos gente que nos tocó vivir una parte de la historia de nuestro país muy particular y que bueno, tuvimos que enfrentarla.”
La memoria de Malvinas lo persigue a diario. “Absolutamente todos los días me acuerdo de Malvinas, ya sea cuando desayuno, cuando almuerzo, cuando ceno, cuando siento frío o cuando me puedo poner un par de guantes. Todos los días, absolutamente todos los días, no te lo olvidas más.” El peso de esos recuerdos le trajo épocas “muy difíciles”, que afrontó sin asistencia psicológica. “Nunca hice un tratamiento psicológico, me negué terminantemente”, confiesa.

La herida del abandono y el reencuentro con un cobarde
Lludgar, nacido en Santiago del Estero pero criado en Mar del Plata antes de asentarse en Quequén por su esposa, Mirta Ciancio, recuerda con especial amargura el desinterés general por la causa Malvinas. “Soy un convencido de que a la mayoría no le interesa Malvinas. Yo creo que les interesa a los que estuvimos indefectiblemente, a la familia anterior… a la familia sucesora… y después a los amigos. Pero al pueblo en general no le interesa Malvinas.” Atribuye esta indiferencia a una dolorosa realidad: “Porque somos argentinos y porque perdimos.”
La experiencia de la guerra fue tan intensa que marcó relaciones para siempre. Lludgar relata un encuentro fortuito en Mar del Plata con un suboficial que lo “maltrató durante toda la colimba” y que, durante un bombardeo en Malvinas, “lloraba y pedía por la familia”. Años después, lo subió a su auto y le dijo “de todo”. “Lo puteé de arriba abajo. Le dije que era un cobarde, de todo. Irrepetible todo lo que le dije.”
La guerra que no termina y el dolor silenciado
Guillermo no oculta la brutalidad de la guerra. Describe el miedo constante – “miedo, miedo sentimos” – y la necesidad de controlarlo para que no se convierta en pánico. Fue testigo de la pérdida de Diego Martín Bellinzona, un joven con quien dormía y corría cuando la misma onda expansiva de una bomba los alcanzó. Las secuelas son profundas y se manifiestan de formas inesperadas. Los truenos y las tormentas lo obligaban a parar el auto, a buscar refugio, porque el ruido y el reflejo son “exactamente lo mismo que un bombardeo”. Convivir con eso lleva “mucho, muchísimo” tiempo.
El regreso a Malvinas en 2007 fue un punto de inflexión. “Para nosotros fue maravilloso. Por ejemplo, para darte un ejemplo que es muy gráfico, yo ahora tengo recuerdos en colores. Antes todo lo que recordaba era blanco y negro.” Aunque no recuperó “todo lo que dejó”, el viaje lo ayudó a sanar. “Me ayudó mucho. Recuperé mucho, me hizo bien, pero no me traje todo lo que dejé. Y eso me va a acompañar.” Y agrega, con orgullo: “Siento que una parte de mí quedó ahí y es mi pequeña colaboración también.”
La soledad del veterano y el consuelo del silencio
Lludgar confiesa que le cuesta “mucho volver a sonreír, a disfrutar de la risa”. A veces, sentado en casa frente al mar, un lugar que lo reconecta con el viento y el frío de Malvinas, una lágrima se desliza por su mejilla sin explicación. “Es angustia que no la sentí en el resto del día y por ahí en un flash de un segundo te agarra.” El silencio se ha vuelto un refugio y un compañero. “Me gusta mucho el silencio.” Un gusto que, afortunadamente, comparte con su esposa, quien “respeta el silencio” y lo comprende.
A pesar de las tragedias que ha enfrentado, como la muerte de sus padres a los pocos años de Malvinas, Guillermo Lludgar valora el pilar fundamental que es su familia: su mujer, sus hijos y sus amigos, tanto veteranos como no veteranos. La “gran niñez” que tuvo, con padres que le brindaron libertad pero siempre con límites, también fue clave para forjar su carácter.
Guillermo Lludgar es un testimonio vivo de que la guerra no termina cuando se firman los papeles. Se aloja en el corazón y la mente de quienes la vivieron, transformando sus vidas para siempre. Su relato es un recordatorio de la importancia de la memoria y el reconocimiento, para que la historia, aunque dolorosa, no se repita.












