Luego de una sucesión de ciclos marcados por la adversidad climática —primaveras secas y frías, tres eventos consecutivos de La Niña que agotaron las napas, heladas tardías y un largo listado de condicionantes— el nuevo ciclo productivo se perfila como un punto de inflexión para la agricultura argentina. Ocho años después, el sector vuelve a ver en el horizonte la posibilidad concreta de quebrar su propio récord productivo.
El recorrido, sin embargo, no fue lineal ni exento de desafíos. En orden cronológico, los cultivos de invierno dieron la primera señal alentadora. El otoño y el inicio del invierno estuvieron acompañados por precipitaciones abundantes que permitieron encarar la siembra con perfiles cargados de humedad, un factor clave que hacía tiempo no se repetía de forma generalizada. Ese arranque auspicioso devolvió previsibilidad y optimismo a productores que venían de campañas ajustadas y decisiones tomadas más por supervivencia que por convicción.
Las lluvias, lejos de interrumpirse, continuaron durante el invierno y la primavera. En algunas regiones, incluso, se registraron excesos hídricos y anegamientos temporarios de lotes que encendieron luces de alerta. Pero cuando se observa el mapa productivo en su conjunto, el balance es ampliamente positivo: la cosecha fina alcanzó cifras históricas. La producción de trigo se estima en 27,7 millones de toneladas y la de cebada en 5,6 millones, ambos volúmenes récord para la Argentina.
Más allá de los números, el dato de fondo es otro. Esta campaña marca un cambio de clima —en sentido literal y simbólico— para el agro. La recuperación productiva no sólo mejora los ingresos del sector, sino que vuelve a posicionar al país como un proveedor confiable de granos en el mercado internacional, con impacto directo sobre las exportaciones, la actividad industrial asociada y el ingreso de divisas.
El desafío hacia adelante será capitalizar este escenario. Administrar la abundancia, evitar cuellos de botella logísticos, sostener precios razonables y transformar volumen en valor agregado serán las claves para que este hito productivo no sea solo una foto de campaña, sino el punto de partida de una etapa más estable y virtuosa para el campo argentino. La campaña 2025/26 abre una puerta que estuvo cerrada demasiado tiempo: ahora, el reto es no volver a clausurarla.
Por: Nicolás Mario Tambascia












