En diálogo con Cerrando la Mañana, el dirigente político Martín Migueles dejó una reflexión sin rodeos sobre la situación en Venezuela y habló de lo que considera el inicio de un camino hacia la libertad tras más de dos décadas de autoritarismo.

Migueles puso el foco en un dato que, según remarcó, no admite discusiones ideológicas: cerca de nueve millones de venezolanos viven hoy en el exilio. “Lo peor que le puede pasar a un ser humano es el exilio”, señaló, recordando que Argentina conoce bien ese dolor. A eso sumó las denuncias por crímenes de lesa humanidad documentadas por informes internacionales, como el elaborado por Michelle Bachelet en Naciones Unidas, con miles de ejecuciones, torturas y desapariciones registradas.
Durante la charla, el análisis se amplió al rol de actores externos como Cuba, Rusia, China e Irán, a los que Migueles señaló como piezas clave en la profundización de la crisis venezolana. Según su mirada, Venezuela dejó de ser solo un país rico en petróleo para convertirse en un engranaje geopolítico dentro de una disputa más amplia entre Occidente y regímenes autoritarios.
“El petróleo venezolano no se destruyó solo”, afirmó, al recordar que el país llegó a producir más de tres millones de barriles diarios y hoy apenas alcanza una fracción de esa cifra. Para Migueles, el resultado fue devastador: empobrecimiento masivo, un Estado debilitado y una población atemorizada, sin libertad de expresión ni garantías básicas. “No es una democracia defectuosa, es una falsa democracia”, sostuvo.
También hubo lugar para pensar el impacto regional. La migración venezolana, explicó, se convirtió en un problema humanitario que atraviesa fronteras y condiciona a países vecinos. En ese contexto, consideró clave la intervención de Estados Unidos, a la que definió como “quirúrgica” y como el inicio —no el final— de un proceso que podría abrir una transición democrática.
Más allá de nombres y alineamientos políticos, Migueles insistió en una idea central: no se trata de izquierda o derecha, sino de libertad. “El problema no es quién gana una elección, el problema son los regímenes que llegan por la democracia y después no se van más”, advirtió. Y lanzó una pregunta que quedó flotando en el aire del estudio: ¿cuánto duraríamos nosotros viviendo en un país donde no se puede opinar, criticar ni hablar libremente?
La charla cerró con una mirada hacia el futuro y una advertencia para toda la región. Comprender lo que pasa en Venezuela, dijo, no es un ejercicio teórico ni lejano: es entender lo frágil que puede ser la democracia si no se la defiende todos los días. Porque, como quedó claro en este cierre de la mañana, hay realidades que no se discuten desde la comodidad de una ideología, sino desde la experiencia concreta de millones de personas que solo quieren volver a vivir en libertad.












