En el marco del 24 de marzo, el programa Esta Mañana puso el foco en una de las aristas menos visibles —pero más contundentes— del terrorismo de Estado: el espionaje sistemático sobre la sociedad. El profesor de Historia Alejandro Andersen presentó el trabajo “Vidas espiadas”, una investigación basada en archivos de inteligencia policial que expone cómo funcionaba la vigilancia en Necochea incluso antes del golpe de 1976.
Lejos de la idea de acciones aisladas o “excesos”, el material revela una estructura organizada, sostenida durante décadas.
Un sistema que controlaba a toda la sociedad
Los documentos pertenecen a la ex Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPBA) y muestran un nivel de control que sorprende incluso a quienes investigan el período desde hace años.
“No se espiaba solo a partidos políticos o sindicatos. Se espiaba a todos: clubes, cooperadoras escolares, asociaciones civiles”, explicó Andersen.
El objetivo era claro: registrar a cada ciudadano. La lógica de inteligencia no distinguía entre “peligrosos” o no. Según los propios documentos, el principio era identificar a todos, incluso a quienes eran considerados “normales”.
“Había que saber quién era quién. Incluso los ‘buenos’, por si dejaban de serlo”, detalló.
Legajos, fichas y seguimiento individual
El material recuperado incluye cientos de legajos con información detallada de vecinos del distrito: datos personales, actividades, participación social e incluso supuesta ideología política.
Cada integrante de una comisión, por ejemplo en una cooperadora escolar, era registrado con precisión.
“Figuran nombres, filiación, actividad y hasta una caracterización política. Todo estaba anotado”, señaló el historiador.
Ese nivel de detalle permite dimensionar que no se trataba de un control improvisado, sino de una maquinaria estatal aceitada durante años.
Antes, durante y después de la dictadura
Uno de los aspectos más impactantes es que el espionaje no comenzó en 1976 ni terminó con el regreso de la democracia.
La estructura de inteligencia funcionó desde la década del 30 y continuó hasta 1998, incluso bajo gobiernos constitucionales.
“Eso habla de un ‘Estado profundo’ que no siempre estuvo bajo control democrático”, advirtió Andersen.
Del registro a la persecución
El investigador explicó que durante la dictadura hubo menos producción de archivos nuevos, no porque se dejara de investigar, sino porque la información acumulada pasó a utilizarse directamente para la represión.
“Durante décadas juntaron datos. Después del 76, esa información se usó”, afirmó.
Esto desmonta la idea de que las detenciones o desapariciones fueron azarosas.
“No fue improvisado. Hubo planificación, organización y objetivos claros”, subrayó.
Cuando reclamar también era peligroso
Uno de los casos que más impactó al investigador es el seguimiento a grupos civiles que reclamaban justicia, incluso en democracia.
Tras el asesinato de Saúl Canessa en 1992, la inteligencia policial no investigó el crimen, sino a quienes exigían esclarecimiento.
“Se dedicaron a espiar a los vecinos que pedían justicia. Eso genera escalofríos”, contó.
Memoria desde los documentos
Para Andersen, el valor de estos archivos es clave porque permiten reconstruir la historia más allá de los relatos personales, que con el tiempo pueden cambiar.
“El documento tiene algo que el testimonio no: queda congelado en el momento en que fue escrito”, explicó.
Sin embargo, también aclaró que estos registros deben leerse críticamente, ya que muchas veces las categorizaciones eran arbitrarias o erróneas.
Un material que interpela
La muestra, que se exhibe en Necochea, no busca ser “disfrutada”, sino generar impacto y reflexión.
“La invitación es a asombrarse. Y también a espantarse”, resumió.
A 50 años del golpe, el trabajo aporta una mirada concreta sobre cómo operó el control estatal en el plano local y deja una pregunta abierta: cuánto de esas lógicas persisten hoy.












