Lilia Soave Malavé, nacida en Venezuela y radicada en Necochea desde fines de los años 60, compartió su historia personal y la de su familia, marcada por la emigración, el arraigo en Argentina y la esperanza puesta en un cambio para su país de origen.

Hablar de Venezuela desde la distancia no es sencillo. Menos aún cuando se trata de comprender lo que significa haber vivido, o haber heredado, una historia atravesada por la emigración, la crisis y la nostalgia. En ese contexto, el testimonio de Lilia Soave Malavé cobra un valor especial: no solo por su experiencia personal, sino porque representa a miles de venezolanos que debieron dejar su país en busca de una vida digna.
Lilia llegó a Necochea en 1969, cuando apenas tenía seis años. Por entonces, junto a su familia, fue una de las primeras venezolanas en instalarse en la ciudad. “Éramos los únicos venezolanos en Necochea y Quequén”, recordó. Su infancia estuvo marcada por el contraste entre un país que, según sus recuerdos y los relatos familiares, supo ser próspero, y la Argentina que la recibió y la vio crecer.
“Venezuela era un país rico. Se vivía muy bien”, contó. Su padre, inmigrante europeo, había llegado a Venezuela con poco, pero allí encontró oportunidades. “La moneda era fuerte, había trabajo, se podía progresar. Mi papá siempre decía que en Venezuela se podía salir adelante”, recordó Lilia.
Con el paso de los años, esa realidad fue cambiando drásticamente. La crisis política, económica y social empujó a millones de venezolanos a emigrar. Según datos que se manejan a nivel internacional, más de ocho millones de personas dejaron el país en los últimos años. Muchos de ellos llegaron a la Argentina.
La historia familiar de Lilia refleja ese proceso. Su madre viajaba todos los años a Venezuela para visitar a sus seres queridos, hasta que la situación se volvió insostenible. “No se conseguían medicamentos, había que hacer colas interminables para comprar alimentos y llevar bolsas llenas de dinero que no alcanzaban para nada”, relató. En uno de esos viajes, ya enferma, su madre regresó acompañada por una tía, ante la imposibilidad de recibir atención adecuada en su país.
“Un salario en Venezuela no alcanza. Estamos hablando de sueldos que equivalen a cinco dólares”, explicó. La ayuda estatal, en muchos casos, se limitaba a cajas de alimentos que no cubrían ni una semana. “Eso no es vivir”, resumió.
A pesar del dolor y la distancia, Lilia mantiene un vínculo permanente con su familia en Venezuela. Primos, tíos y sobrinos con los que habla a diario y que hoy miran el futuro con esperanza. “Están esperanzados. Sentían que hacía falta un límite, que la situación ya era insostenible”, afirmó.
También se refirió a los venezolanos que emigraron a la Argentina y a los discursos que circulan en redes sociales. “Muchos dicen ‘que se vuelvan’, pero no es así de simple. Ojalá puedan volver, pero por decisión propia, no porque se sientan rechazados”, reflexionó. En ese sentido, destacó el rol de la Argentina como país de acogida. “Argentina me recibió con los brazos abiertos. Estudié acá, formé mi vida acá. Este país abriga”.
El testimonio de Lilia no es solo una mirada sobre la crisis venezolana, sino también un reconocimiento al país que la cobijó. “Los venezolanos no quieren ser invasivos. Quieren trabajar, aportar, vivir en paz”, aseguró.
Su relato, atravesado por la memoria familiar, la emigración y la esperanza, pone rostro humano a una realidad que muchas veces se reduce a cifras o titulares. Y deja una certeza: detrás de cada historia de exilio hay una vida, una familia y un profundo deseo de volver a vivir con dignidad.












