La ingeniera agrónoma Rosa Sarries visitó los estudios de “Esta Mañana” para celebrar el Día del Ingeniero Agrónomo y compartir una extensa trayectoria vinculada con el campo, la actividad portuaria, el acondicionamiento de cereales y la docencia.
Con 53 años dentro de la profesión y casi seis décadas desde que se recibió como maestra, Sarries recordó que su interés por la agronomía nació durante su infancia en un establecimiento rural ubicado entre Pieres y El Moro, en el partido de Lobería.

“Me crié en el campo y me encantaba. Cuando llegó el momento de elegir una carrera, decidí estudiar Agronomía porque era el mundo que conocía y que quería”, explicó.
De la tracción a sangre a la revolución tecnológica
Sarries contó que durante su infancia llegó a observar tareas agrícolas realizadas con caballos, tanto para arar como para cosechar.
En aquellos establecimientos existían diferentes oficios vinculados con el cuidado de los animales y las labores rurales, como el caballerizo, encargado de preparar y mantener los caballos utilizados en la chacra.
“Tuve la posibilidad de ver arar y cosechar con caballos. Después, en muy pocos años, presencié una transformación tecnológica fenomenal”, recordó.
Durante sus años de formación universitaria comenzaron a desarrollarse nuevas variedades de trigo y avances que modificaron profundamente los niveles de producción.
Según explicó, el sector pasó de medir los rindes en bolsas por hectárea a hablar de toneladas transportadas a granel.
También se incorporaron plantas de acopio y secado, que permitieron ampliar la producción de cultivos como el maíz en zonas donde anteriormente la humedad dificultaba su cosecha y conservación.
“Entre el momento en que ingresé a la Facultad y cuando me recibí, el cambio fue enorme. Conocí dos formas completamente diferentes de producir”, señaló.
Su formación como maestra e ingeniera agrónoma
Antes de estudiar Agronomía, Sarries realizó su formación docente en el Instituto Nuestra Señora del Rosario de Necochea.
Se recibió como maestra a los 17 años, dentro de una de las últimas promociones que completaron aquel modelo educativo.
La profesional destacó especialmente la formación humanística recibida, con una fuerte presencia de literatura, filosofía, música y cultura general.
“Pensábamos que todo el mundo recibía esa formación. Era tan abundante y natural que después nos fascinaban las ciencias, porque representaban un universo desconocido”, relató.
Posteriormente estudió en la Facultad de Agronomía de Balcarce, que en aquel momento pertenecía a la Universidad Católica de Mar del Plata y funcionaba dentro de la estación experimental del INTA.
Su paso por la Junta Nacional de Granos
Después de recibirse, Sarries comenzó a desempeñarse en diferentes áreas de la profesión.
En 1977 fue convocada para trabajar en la gerencia técnica del elevador de la Junta Nacional de Granos de Puerto Quequén, donde permaneció hasta 1982.
La ingeniera destacó la importancia que tenía en aquel momento el organismo estatal en la administración de los puertos y el comercio exterior.
“La experiencia fue interesantísima. La Junta Nacional de Granos manejaba una parte estratégica de la producción y de la comercialización del país”, expresó.
Luego continuó su actividad de manera privada y, junto con su familia, instaló una planta destinada inicialmente a la fumigación y el zarandeo de cereales, a la que posteriormente incorporaron un sistema de secado.
Con los cambios económicos y regulatorios, aquella actividad perdió protagonismo y Sarries comenzó a concentrarse en la docencia, tarea que desarrolla desde hace aproximadamente 28 años.
“Las plantas no son objetos”
Uno de los principales ejes de la entrevista fue el cuidado de los árboles y la necesidad de abandonar la idea de que las plantas son elementos que pueden colocarse o retirarse sin planificación.
“Las plantas no son cosas ni objetos. Deben tratarse con respeto, y ese respeto nace del conocimiento”, afirmó.
Sarries explicó que antes de plantar un árbol es necesario analizar la especie, el tamaño que alcanzará, la duración de su vida, el tipo de raíces y el espacio disponible.
Una mala elección puede generar, con el paso del tiempo, problemas de humedad, falta de luz, daños sobre construcciones o interferencias con otros servicios.
“El árbol es para siempre. Hay que pensar profundamente antes de plantarlo para que después no se convierta en un estorbo”, sostuvo.
La profesional mencionó como ejemplo que algunas especies, como los plátanos, pueden vivir varios siglos y trascender a las generaciones que tomaron la decisión de plantarlos.
Podar no es simplemente cortar
Sarries remarcó que la poda es una intervención específica que debe realizarse con conocimientos técnicos y en determinadas etapas del desarrollo de una planta.
Por ese motivo, aclaró que reducir la altura de un árbol adulto no siempre puede denominarse poda.
“La poda es una tarea muy importante y se realiza en una determinada edad del árbol. Después, muchas veces, estamos hablando de cortes, reducciones o soluciones de compromiso”, explicó.
Ante el caso de una hilera de pinos plantados demasiado cerca, que generan sombra y humedad, sostuvo que puede evaluarse una reducción de altura, aunque realizada por personas con experiencia.
También advirtió que cada especie requiere un tratamiento diferente.
“No se puede intervenir de la misma manera un pino, un plátano, un ombú, una rosa o un limonero. Cada planta tiene su estructura y su finalidad”, indicó.
Cómo reducir la altura de un limonero
Al referirse específicamente a los árboles frutales, Sarries explicó que el objetivo principal es conservar una copa aireada, soleada y accesible para la producción.
En el caso de un limonero que crece excesivamente hacia arriba, recomendó identificar la rama más alta desde el interior de la copa y retirarla desde su nacimiento, en lugar de realizar un corte horizontal sobre la parte superior.
“No hay que hacer un corte como si fuera un salame. Hay que observar la estructura, encontrar la rama que se eleva y retirarla desde donde comienza. Con un solo corte, la planta puede recuperar otra configuración”, detalló.
Conocimiento, responsabilidad y amor por la naturaleza
Sarries consideró que quienes poseen conocimientos técnicos, académicos o adquiridos mediante la experiencia tienen una responsabilidad especial frente a la comunidad.
Esa obligación, afirmó, también alcanza a quienes realizan tareas de poda, mantenimiento y planificación del arbolado urbano.
“El conocimiento implica una enorme responsabilidad. Quien interviene sobre un árbol tiene que saber lo que está haciendo”, señaló.
Finalmente, sostuvo que el desarrollo científico y tecnológico debe estar acompañado por una mirada humanística, ética y respetuosa de la vida.
“No alcanza solamente con la técnica. Para trabajar con la naturaleza hacen falta conocimiento, pensamiento, compromiso y amor”, concluyó.












